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Camino del Inca, el otro sendero



Por Malena Higashi

Cada año miles de personas viajan a Cusco para ver las ruinas de Machu Picchu. Los porteadores viven del turismo prestando su fuerza de trabajo y de tanto hacer el camino ya nada los sorprende.

Cámara de fotos, chocolates, piloto, repelente para insectos, protector solar, son sólo algunas de las cosas que se recomienda a los turistas llevar para hacer el famoso camino del Inca en Cusco, Perú. Los porteadores -campesinos o cusqueños contratados por empresas de turismo para cargar los equipos de campamento- no llevan nada de eso. Se las arreglan como pueden. La gente llega equipada para recorrer los 45 kilómetros: filmadoras de alta tecnología, zapatillas de trekking… a pesar de las bajas temperaturas y lo difícil que es el camino de piedra, que muchas veces está resbaloso por el barro y la lluvia, muchos de los porteadores caminan en sandalias.

TRABAJADORES DEL CAMINO
Se escuchan sus pasos o se advierte su llegada porque algún turista grita desde atrás, “¡porter!”. Así se los llama en inglés. Automáticamente todos se corren hacia un costado del camino –que generalmente es angosto, muy angosto- para dejar pasar al hombre y todo lo que lleva a cuestas en su espalda.
La mayoría hace el camino del Inca una vez por semana. No conocían las ruinas del Imperio Inca hasta que por el boca a boca de amigos que ya trabajaban de porteadores, lo vieron como una ganga más o como el comienzo de un oficio: el de guía de turismo. Los hay de todas las edades. Los más jóvenes toman este trabajo como el primer paso para convertirse en guías.
Hace dos semanas Daniel Quispe empezó esta aventura de ser porteador. Tiene 18 años, y dice, le gusta caminar con los turistas y atenderlos. Daniel aspira a ser guía algún día y siendo cusqueño y peruano no hay mejor lugar para desempeñar esa tarea que en Machu Picchu. “Voy a trabajar dos años como porteador y después voy a estudiar para ser guía”, cuenta con entusiasmo. Su compañero Felipe Cuño es un año mayor y tiene el mismo sueño. A él también le gusta estar en contacto con los turistas y hablar con ellos, aunque es mucho más tímido. Le cuesta encontrar las palabras para expresarse y una risita nerviosa acompaña sus respuestas.
En Cusco, Nicanor Sane es albañil. Tiene 40 años y la necesidad de ganar más dinero lo llevó a trabajar en Machu Picchu. Ya hace cinco años que viene una y otra vez recorriendo los mismos caminos y no se queja; le gusta el paisaje y se siente afortunado de haber conocido el lugar. No por nada miles de extranjeros lo visitan año a año. Gregorio Puma en cambio es agricultor. En su chacra cultiva habas, maíz y verduras para mantener a su mujer y sus tres hijos. Para él es otra alternativa para ganar dinero, aunque los sueldos son una miseria. Es por eso que en las agencias de turismo se le pide a la gente que al final del trayecto se les deje una propina a los porteadores.

TRABAJO DURO
Desde el kilómetro 82 -punto de partida del camino- hasta Machu Picchu se recorren en total 45 kilómetros. Y sobran los obstáculos. El clima, sobre todo en época de lluvia -que en Perú es de enero a abril-, muchas veces juega en contra. La lluvia es molesta a la hora de caminar, y más aún cuando es intermitente. La altura es otro gran problema porque la falta de oxígeno puede provocar soroche: mal de altura. Es que durante el recorrido se alcanzan alturas de más de 4.000 metros sobre el nivel del mar. Los porteadores dicen no sufrir el mal de altura. “No tenemos problema para respirar, ya nos acostumbramos”, asegura Agripino Quispe, un porteador que además es cocinero.
El segundo día de caminata es especialmente complicado: son once kilómetros cuesta arriba y gran parte del camino tiene escalones. Los porteadores pueden hacerlo cargando hasta 22 kilos de peso sobre sus espaldas. Agripino dice con naturalidad que tomado un buen desayuno, mascando -o como dicen ellos, pilchando- hojas de coca y tomando suficiente agua alcanza para tener las energías necesarias.
A lo largo del trayecto los porteadores pasan corriendo, muy de vez en cuando se paran al costado del camino para aliviar sus espaldas. Pero sólo por unos minutos porque tienen que llegar antes que el resto para armar el campamento. En uno de los puestos de control cada porteador debe identificarse y pesar su mochila. Pueden cargar hasta 20 kilos y si los sobrepasan tienen que pagar una multa que es lo más común. “De todos modos siempre nos duele la espalda”, se queja Daniel.

COCINA IMPROVISADA
Con un par de ollas, y la comida que vienen cargando desde el primer día, cada cocinero se las ingenia para preparar pequeñas exquisiteces: pollo con salsa glaseada, rocoto -una especie de ají muy picante- relleno con verduras, trucha y otros manjares. De entrada siempre una sopa, porque aunque haga calor en Perú ese es el primer plato.
Agripino menciona entre uno de sus platos peruanos preferidos para el viaje la pachamanca: “Es cordero con papas sancochadas (hervidas)”. El camino se lo sabe de memoria. Hace ya siete años que viene todas las semanas, una y otra vez. Empezó como cocinero en pequeños restaurantes, luego pasó a ser porter y finalmente combinó esos dos oficios. “Me gusta trabajar en la cocina y hacer las cosas bien, que a los pasajeros les de gusto hacer el camino”, dice orgulloso.
En total son cuatro días de caminata. Casi llegando a la Puerta del Sol, el punto en el que se tiene la primera vista de Machu Picchu, se escuchan las campanas del tren que parte de regreso a Cusco. Son las seis de la mañana y los primeros pasajeros son los porteadores que ya terminaron su trabajo. Hora de volver a casa.

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hace años que quiero hacer el camino del inca y no me animo! espero que mi marido quiera acompañarme este invierno, voy a averiguar los costos en las lineas aereas que me llevan ahi desde Argentina y emprenderé viaje!!

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