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Carlos Belloso


Por Graciana Castelli y Milena Marcovecchio

Trabajó todos los ámbitos de la actuación. Actualmente forma parte del unitario Ambiciones y en teatro dirige a Osvaldo Santoro en Sócrates, aún sin fecha de estreno. Además se prepara para hacer un policial en cine.

Entraba al laboratorio en el que comenzó a experimentar con sus personajes, despeinado y con un pijama debajo del sobretodo. Mientras Luca Prodan tomaba ginebra, las Bay Biscuits se infiltraban en los coros de Los Redonditos de Ricota. Actores como Batato Berea, Alejandro Urdapilleta y Humberto Tortonese, alternaban sus números entre músicos de rock y recitales punk. “El Parakultural era un espacio en el que nosotros podíamos hacer lo que se nos cantaba. Pensábamos algo con Damián Dreizik, y lo hacíamos esa misma noche. Era impactante porque decías lo que no podías decir en ningún lado”. La movida underground, que alcanzó su esplendor a mediados de los 80’, encontró a Carlos Belloso sobre las tablas.
Logró popularidad con sus personajes en la televisión: el barrabrava bizco de RRDT (1997), y el Vasquito de la tira Campeones (1999), fueron los primeros que conoció el público. Le siguieron Willy, “el poronga de la prisión” de Tumberos (2002) –dirigida por Adrián Caetano-, y Lito, el “loco roquero” de Sol Negro (2003). Actualmente está grabando Ambiciones para Telefe Contenidos, unitario en el que encarna a un diseñador devenido en relaciones públicas que lucha por encontrarse a sí mismo, pero que, a la vez, “se pierde con las minas y las drogas”. Café de por medio en el teatro Gargantúa, ubicado a pocos metros de Pol-Ka, la productora que por mucho tiempo lo tuvo entre sus filas, Belloso sigue definiéndose como un hombre de teatro y confiesa desconocer los secretos de la pantalla chica: “Por más que me gané unos cuentos Martín Fierro, no sé qué es la televisión. No sé cómo funciona”.

DEL UNIFORME A LAS TABLAS
Un taller de teatro en la escuela secundaria y su paso por el servicio militar en plena decadencia de la última dictadura terminaron por definir su vocación. A los 19 años, la Guerra de Malvinas le asignó uno de sus primeros papeles. El escenario fue el teatro de operaciones en una base militar de Río Gallegos, en donde brindaba protección con cañones antiaéreos. “Fue una experiencia traumática. Lo que más pegaba era que despedíamos a los chaqueños y a los correntinos que iban a morir a las Islas. Ahí te venía el patriotismo sí o sí, porque no eran unos milicos locos ni unos borrachos, eran pares tuyos, ¡y tenías ganas de morir por ellos!”, revive Belloso. Pero también cuenta que hacía bromas, creaba personajes e imitaba a algún militar buscando un paliativo: “Dentro de esa locura actuaba para pasarla un poco mejor. La colimba me marcó mucho en ese sentido, de representar para defenderme. Cuando vos te disfrazas es para ocultarte de algo también”.
Llegó la democracia y la trasgresión invadió el ambiente cultural de la época. Aparecieron lugares no tradicionales como el bar Einstein, Cemento o el Parakultural, en donde comenzó a gestarse una nueva forma de hacer teatro que tenía que ver más con la improvisación. Fue por aquellos años que Belloso rindió el ingreso al conservatorio y lo “bocharon”. Luego se inscribió en la Escuela Municipal de Arte Dramático. Trabajaba por la mañana –ofició desde carpintero hasta repartidor de mayonesa, vino y cerveza-, y estudiaba por la noche. “Al final de la escuela nos enganchamos con Damián Dreizik para hacer Los Melli en el Parakultural, ese lugar realmente fue un laboratorio para nosotros”, explica. Junto a Dreizik hicieron teatro callejero, títeres en las plazas, marionetas y funciones a sala llena. Luego de ocho años el dúo se separó e inevitablemente llegó la televisión. Pero para entonces, ya no era un actor improvisado. “Los productores de la tele en un momento necesitaron de la gente del under –recuerda- y yo entré por la puerta grande, mirando todo y pidiendo lo que quería”.

LA CAJA BOBA
Como televidente, además de ver sus propios programas, lo gusta Roberto Petinatto, al que reconoce como un “showman bárbaro”. También alterna entre los canales de arte y cultura y las películas del cable. “La televisión está muy pajera, llena de minas en bolas. Y eso me revienta –se enoja-. Hay una cultura del pajero que te dice que tu mujer no está buena y que lo que sale en televisión sí. Y si vas al caso, la televisión es cuadrada, chata y no podés meterle nada, en cambio, a la mujer que tenés al lado, sí. Te venden algo que no es verdad.”
Como actor conoció la vorágine de grabar una tira diaria y trabajó para la mayoría de las productoras del país. De Pol-Ka se independizó para no estancarse: “Si vos estás siempre en una empresa, sos de esa empresa. Al dar otro paso, te posicionás realmente y empezás a ver propuestas de distintos lugares. Eso te da autonomía”. Hoy elige hacer unitarios porque piensa que son productos más cuidados, y no vacila al decir que “una tira diaria es una máquina de hacer chorizos”. Durante mucho tiempo se lo reconoció como “el loco de la tele” por su papel del Vasquito, o por Willy, el violento marginal de Tumberos. Pero lejos de encasillarse en un solo personaje, piensa que “es la televisión la que te pone el rótulo”. Y agrega: “Nadie se pregunta qué papeles interpretás, o el porqué los hacés así. Para mí un actor tiene que conocer todos los lugares porque en algún momento le va a tocar interpretarlos. Este oficio me gusta porque podés representar a la gente. No como los políticos, que dicen que te representan, y no lo hacen”. Hablar de política lo irrita y no lo disimula. Tiene una mirada utópica sobre su país ideal. Afirma que sería mejor si estuviese gobernado por la sociedad misma: “No soy democrático si la democracia es así, con gente que se muere de hambre y pibes trabajando en las calles. Los políticos no me merecen respeto. Esto es una anarquía encubierta y negociada”.

ENTRE EL CINE Y LAS BAMBALINAS
Su paso más reciente por la pantalla grande fue en el 2004, bajo la dirección de Lucrecia Martel en La niña santa; y de Raúl Rodríguez Peila en Peligrosa obsesión. Polos opuestos sobre los que Belloso opina: “El cine de Lucrecia captura el alma de los personajes. Y Peligrosa obsesión es pura acción, tiros y lío. Son dos cosas distintas, pero que tranquilamente pueden convivir juntas. Un actor tiene que estar preparado para cualquier cosa”. En noviembre volverá al ruedo con un protagónico bajo la dirección de Juan Manuel Jiménez. La película se llamará La confesión, un policial en el que también participarán Mirta Busnelli y Patricia Echegoyen.
Si de experimentar se trata, Belloso no le tiene miedo a nada. Es autor de varias obras de teatro y alterna entre la actuación y la dirección. Actualmente está preparando la puesta en escena de Sócrates, una obra de Eduardo Rovner, en la que dirige a Osvaldo Santoro. Proyecto que está en pleno desarrollo y sin fecha de estreno. “Estamos viendo qué hacemos, es un trabajo muy tranqui, de probar”, explica. Pero en su carrera, los unipersonales han sido su caballito de batalla. “Cada unipersonal es un pretexto para decir algo –confiesa- y cuando los hago estoy experimentando siempre con algún límite mío”. El primero, Pará, fanático!!! (1997), apareció para venderse: “Me había separado de Los Melli, y entonces dije ‘este soy yo, quien quiere comprarme que me compre’, y así surgió una obra que no me imaginaba que iba a pegar tanto”. Hoy, si bien no está en cartelera, sorpresivamente la presenta en Gargantúa. Le siguieron Dr. Peuser (2000) y Ojo!!! (2003).
Sobre las tablas del laboratorio, Belloso gestó un espíritu under que aún conserva. “Siempre pruebo cosas. Si la gente pasa por el teatro puede encontrarse con algo –cuenta-, pero no lo promociono ni le hago publicidad”. Mutante y poliforme exploró, con éxito, cada ámbito de la actuación, pero siempre sin dejar de lado su esencia: “A mí me fascina el teatro. La gente de televisión piensa que es chino básico, pero para mí es como estar en casa. ¡El teatro es mi motor!”.