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Carnaval de ayer y de hoy


Por Matías Castañeda

Ha corrido mucha agua perfumada bajo el puente del Rey Momo. Pasó de todo desde los días en que Marcelo T. de Alvear era detenido por la Policía por festejar con desmesura, hasta los encuentros fraternales de la murga Atrevidos por Costumbre. Bipolar te cuenta la historia del carnaval; vos, apretá el pomo.

Carne Levare significa quitar carne. La palabra carnaval se origina con la fusión de estos dos vocablos, que recuerdan al ayuno que hiciera Jesús durante cuarenta días en el desierto, antes de entrar a Jerusalén el Domingo de Ramos. Se celebra los lunes y martes que preceden al Miércoles de Ceniza, fecha en que comienza la abstinencia santa. Pero, aunque las carnestolendas tienen su origen en lo religioso, también en la antigüedad fueron ceremonias paganas donde se invertían los roles de la sociedad por unos días: el rey en mendigo y viceversa, para matar después al chivo expiatorio social, que cometía excesos de los más variados. Nuestros antepasados lavaban así sus culpas para transcurrir el resto del año con la conciencia limpia y el orden intacto. No por casualidad se tomó como santo patrono de las mascaradas al Rey Momo, quien fuera expulsado del olimpo por satírico y jocoso, según la mitología griega.
En los tiempos del Virreinato, allá por 1770, las carnestolendas se esperaban entre los mulatos para darle rienda suelta a la juerga y la desmesura. En la Argentina su ventura fue despareja; siempre transitó el mismo ciclo: prohibición, restricción, límites y –finalmente- festejo pleno. Y otra vez a rodar el círculo represivo. Antes de la invención de la bombucha, los celebrantes se las ingeniaban para mojar espaldas ajenas con vejigas de animales o huevos de avestruz llenos de agua. No eran inocentes aquellos primeros carnavales, y llegó la primera proscripción.
Juan Manuel de Rosas, a tono con lo popular de su presidencia, en 1836 permitió los festejos mientas Domingo Faustino Sarmiento desde Chile diatribaba sobre lo animal y salvaje de las carnestolendas. Rosas, tras las presiones, en 1844 decretó su segunda prohibición. Contradicciones aparte, Sarmiento, una vez presidente, profiere loas sobre la festividad y la bendice a todo trapo. Lo nombran “Emperador de las Máscaras”. Se gesta así el comienzo de la edad de oro de los carnavales, que se extenderá por varias décadas.
Para 1869 se dieron los primeros corsos oficiales porteños en las actuales calles Hipólito Irigoyen entre Luis Sáenz Peña y Bernardo de Irigoyen. La oligarquía esta vez se puso a la cabeza de los festejos con comparsas que satirizaban a los anteriormente vedados festejantes. Los Negritos Esclavos y Negros argentinos contaban con disfraces majestuosos -la Colombina, el Pierrot o el Oso Carolina-, mascaradas de elite y desfiles con ornamentados carruajes.
En febrero de 1885 el quinceañero Marcelo T. de Alvear, hijo de Torcuato, entonces intendente de la Ciudad de Buenos Aires, fue detenido junto a otros jóvenes ilustres por arrojar baldazos de agua desde el balcón de la familia Moreno de la calle Lavalle, entre Reconquista y 25 de Mayo.

AQUELLAS MAJESTUOSAS COMPARSAS
En las postrimerías del siglo XIX, el tango comenzó a meter su pata en el fango del carnaval. Ya para la década del 20 describían el lujo y el color de las mascaradas en sus letras. La más emblemática fue Siga el corso, cuya versión póstuma fue interpretada por Julio Sosa. El Varoncito le susurraba a su Colombina eso de “¡Tu risa me hace mal! / Mostrate como sos. / ¡Detrás de tus desvíos / todo el año es Carnaval!”, mientras pasaban los fieles del dios jocundo. Los versos los firmó el prolífico Francisco García Jiménez, letrista que también abordó las carnestolendas en piezas como Carnaval, Yo me quiero disfrazar, y Otra vez Carnaval.
Para los treinta, los barrios porteños se cimentaban en la expansión de la ciudad. Boedo, Almagro o La Boca en sus avenidas abrían, cerrándolas, sucursales de los corsos más nutridos. Y surgieron las murgas: versiones más populares y satíricas de las almidonadas comparsas del respingado centro porteño. Los Criticones de Villa Urquiza, Los Eléctricos de Villa Devoto o Los Averiados de Palermo, entre otras, marcaron el comienzo de esta tradición que se mantiene hasta nuestros días. Atomizándose en los barrios, los murgueros comenzaron a desarrollar también las rivalidades –las más sanas y las más violentas también-, aumentadas y corregidas por el gobierno de Juan Domingo Perón.
No se necesita conocer Palermo para llegar a la murga Atrevidos por costumbre, el repique ascendente de los tambores lleva directamente hacia Darwin y Honduras, donde se juntan a ensayar durante todo el año. Jorge Erasmo Díaz, el Tigre, es el más experimentado del grupo. Hoy sólo baila y guía los bombos, tiene 53 años y 50 de murguero, pero recuerda sus años mozos: “Salíamos a lo loco, cantábamos la marcha peronista, que nadie la cantaba; nunca nos pasó nada, ni con los militares –se ufana-. Entre los apliques, tenía el de Perón, el de Evita y el de Rucci”.

EL APOGEO DEL CLUB
Las competencias de trajes entre los más chiquitos y la elección de las reinas y princesas de los carnavales eran parte fundamental en la liturgia del reinado de Momo. La escritora Cristina Zuker recuerda la vez que acompañó a su madre a una sastrería teatral, que quedaba por Constitución, para elegirse su disfraz: “Después de probarme varias alternativas, elegí finalmente el de aldeana rusa, con un simpático tocado lleno de tiras de cintas multicolores. Después lo luciría en el corso de la avenida de Mayo, provista ya de serpentinas y papel picado”.
Para fines de la década del ’50, los grandes corsos callejeros no fueron los únicos espacios para el carnaval. Se sumó un nuevo actor: el club de barrio. Con el tiempo, los antifaces y los Te conozco mascarita -frase inmortalizada por Carlos Gardel en el tango homónimo- fueron desapareciendo. Empezaron así los famosos bailes que se pusieron a tono con los humores beat de la nueva generación. Primero fue el reinado del twist (1963) y después los cantantes populares Leonardo Favio, Sandro, Estela Raval y los Cinco Latinos, los tropicales Los Wawancó y finalmente los grupos como Los Shakers y Los Gatos los que oficiaron de primeras figuras en los bailes de Comunicaciones, River Plate, San Lorenzo o Boca Juniors.
Nilda Petragli hace 43 años que trabaja en el club José Hernández de Mataderos (ver Todo con todos) y desde hace casi una década es coordinadora general. “Era un mundo de gente, la escalera era un hormiguero, eran miles. El club siempre estaba a full. Como eran muy estrictos con el ingreso, la gente en la puerta se cortaba el pelo, se ponía zapatos: nadie se quería quedar afuera. ¿Si venía mucha gente? Se llenaba toda la cancha de básquet, el primer piso y la terraza”, rememora Petragli el esplendor de los bailes de carnaval. “El José Hernández figuraba en los diarios, en los rankings estábamos debajo de Comunicaciones, venían de todos lados”. Los bailes se hicieron hasta 1982 pero “entre el 60 y el 70 fue el furor, era pasión por el baile”. Hace dos años quisieron reflotarlos, pero no funcionó: “Se desvirtuó, vinieron cualquier cantidad de chicos chiquitos, se tiraban agua, no fue lo mismo”.

PROCESO DE REORGANIZACIÓN CARNAVAL
En 1955 la Revolución Libertadora, fiel a su eufemismo, no sólo proscribió al peronismo de las urnas sino que además prohibió las mascaradas en las calles, por cuestiones de seguridad. Los sucesivos Golpes de Estado y la falta de libertades individuales forzaron a las murgas más osadas a circunscribirse a los clubes en algunos barrios, gestándose una manifestación subterránea de protesta catártica sobre la realidad. Nada impediría, de todas maneras, la paulatina e irremediable decadencia de los carnavales como forma de celebración colectiva, compleja, popular y familiar. Los jóvenes empezaban a ir a bailar a los boliches, sin la compañía de las madres y, con ello, empezaron a perder convocatoria los bailes en los clubes.
Con el decreto 21.329, el 9 de junio de 1976, el represor Jorge Rafael Videla le dio el tiro del final al convaleciente Rey Momo: sentenció los carnavales aboliendo los feriados de lunes y martes.

YA SE VA LA RETIRADA
El Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires el año pasado restituyó los feriados por carnaval para sus empleados, pero en todo el país continúan siendo laborables. Por eso este año las murgas repetirán el 28 febrero una marcha de protesta hasta el Congreso exigiendo la restitución de las celebraciones. “A partir de los ‘90 la murga empieza a mezclarse con la cultura del rock –cuenta el Tigre de Palermo-, antes era todo tango”. Entre los apliques de hoy los que más se ven son los escuditos de fútbol y los logos de Los Piojos, Sumo, Los Redondos, Gardel, Olmedo y los Rolling Stones.
El carnaval en la Argentina se ha disfrazado mucho durante sus más de dos siglos de existencia, pero siempre se mantuvo como un espacio para la celebración, la reunión y la alegría. Seguramente seguirá mutando, pero lo importante, como dice el Jaime Roos, es que no se pierda, aunque sea por unos días, la posibilidad de vivir en el reinado del Dios Momo, de ser húsar de su ejército endiablado.