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Celulares con demasiada onda

Por Matías Castañeda

Se sabe: la telefonía móvil modifica hábitos comunicacionales y es un posible agente cancerígeno. Pero además sus antenas, si emiten por encima de lo permitido, son contaminantes del ambiente. La mayoría de las torres fueron puestas por las compañías sin ningún tipo de control del Estado. Encima se descubrió que el uso de los celulares podría interrumpir el funcionamiento de equipos médicos vitales.

Es muy difícil predecir los alcances negativos que traerá el uso de telefonía celular. El boom es tan nuevo y su expansión es tan grande que sólo se pueden establecer probabilidades. A la vez que grupos multidisciplinarios estudian las deformaciones del lenguaje entre los más chicos que trae la comunicación mediante mensajes de texto, la Organización Mundial de la Salud (OMS) está cambiando su concepción acerca de si los campos electromagnéticos que crean los teléfonos celulares pueden llegar a traer problemas en la salud: aún sin tener datos estadísticos concretos consideran a los celulares como posibles agentes cancerígenos. Pero eso no es todo.

SILENCIO, HOSPITAL
La Defensoría del Pueblo de la Nación está trabajando en un efecto secundario del uso de los celulares: la interferencia de los campos electromagnéticos en la aparatología médica, especialmente en las áreas de alta complejidad, donde su correcto funcionamiento es vital para los pacientes.
Claudio Muñoz lleva adelante de manera técnica esta evaluación desde su rol en el Centro Argentino de Estudios de Radiocomunicaciones y Compatibilidad Electromagnética (CAERCEM) del Instituto Tecnológico de Buenos Aires (ITBA). Alerta al respecto con datos sorprendentes: “Está comprobado que la radiación que emiten los celulares incide en los equipos de los hospitales, modificando su funcionamiento”. Por eso, se está buscando implementar un programa de concientización para los trabajadores de las distintas áreas que tratan pacientes delicados como, por ejemplo, quirófanos, salas de terapia intensiva o de unidad coronaria. No hay reglamentaciones al respecto y no existe ninguna restricción al uso de celulares en los hospitales. “Es sorprendente el desconocimiento por parte del personal médico. La idea es ir informando al personal del área de salud acerca de este conflicto”, dijo Muñoz.
Un estudio del hospital clínico universitario Lozano Blesa, de Zaragoza (España), arrojó que el 66 por ciento de los aparatos médicos se vio afectado por la interferencia electromagnética de teléfonos ubicados a un máximo de 4 metros; de ese total, el 90 por ciento de la aparatología afectada se encontraba a 1 metro.
La universidad y el organismo nacional, por su parte, llevaron adelante una encuesta que relevó cifras preocupantes: el 81 por ciento de los trabajadores de la salud dijo desconocer los problemas que acarrea el uso de celulares en estas áreas; sólo el 9 por ciento estaba al tanto. El 10 por ciento restante, directamente, reconoció no saber que un teléfono móvil emite radiaciones.
El programa de concientización, contó Muñoz, comprende tres etapas: comenzó el año pasado y para 2007 buscan haber colaborado en la aprobación de algún tipo de regulación. La idea es, mediante la firma de acuerdos, que los hospitales se comprometan a instruir a su personal acerca del uso de telefonía celular en las salas de alta complejidad.

UN PROBLEMA SUBTERRÁNEO
Un relevamiento realizado en 2003 en subterráneos de Buenos Aires detectó niveles de contaminación electromagnética en algunas antenas que las empresas de telefonía móvil implantaron en las estaciones. “En Primera Junta, de la Línea A, medimos valores que estaban en el orden de un 16,5 por ciento del máximo permitido por las normas argentinas sobre la densidad de potencia con las que las antenas deben emitir su frecuencia”, reveló Muñoz, quien abordó el tema junto a un grupo de personas de ese Centro y la Defensoría Adjunta del Pueblo de la Ciudad de Buenos Aires. Además se constató que ninguna de las más de 330 antenas detectadas bajo tierra tenía su correspondiente habilitación; es decir, no fueron controladas por ningún organismo municipal, provincial o nacional.
Alberto Michi, integrante del área de Control Comunal y Gestión Urbana de la Defensoría de la Ciudad, dijo que en líneas generales “las antenas detectadas no contaminaban el ambiente. Pero estaban puestas de manera ilegal, sin el debido control”.
Según la resolución 530/2000 del Ministerio de Salud, para frecuencias radiadas de 850 Mega Hertz, las emitidas por sistemas de telefonía celular, se fijó 0,57 miliwatts por centímetro cuadrado como el máximo de densidad de potencia en zonas de exposición al público. El Gobierno de Japón prohibió las antenas de celulares en sus líneas de transporte subterráneo. En Barcelona, evalúan implementar la experiencia preventiva nipona. En la Argentina no se tiene en carpeta impedir la radiación bajo tierra.
Las antenas fueron ubicadas por las tres compañías líderes: Personal, Movistar y CTI, esta última incluso llegó a publicitar su servicio en los subterráneos. Metrovías permitió este emprendimiento porque además de tener la concesión del servicio de transporte dispone de una cláusula para explotar comercialmente los espacios públicos de las 5 líneas. Claro que las antenas son un capítulo aparte porque, más allá de que su usufructo sea lícito dentro del convenio existente, la contaminación potencial deber ser chequeada por los organismos competentes. A esto se suma otra cuestión que la empresa licitante tampoco inspecciona: la altísima polución auditiva provocada por los trenes, especialmente en la Línea A.
Metrovías y las diferentes empresas de telefonía celular contestaron con divagues y poca predisposición. En la Comisión Nacional de Comunicaciones (CNC) informaron que ninguna medición efectuada “dio por encima de los niveles máximos permitidos. Las mediciones dan, en promedio, un 10 por ciento por debajo del máximo”.

VÍA PÚBLICA
No sólo las antenas en los subtes están puestas sin el debido control. Jorge Carrari es quien recibe en la Defensoría del Pueblo de la Ciudad de Buenos Aires las inequitudes y los reclamos de la gente sobre telefonía y radiaciones no ionizantes –“a razón de entre 20 y 30 por mes”, especifica-. La ‘no ionizante’ es la radiación que no penetra en la materia (en las moléculas) “pero que –advierte Carrari- aún no se ha descubierto cuanta persistencia tiene en el cuerpo una vez que ingresó”. A nivel global se da esta discusión y por motivos poco claros no es abordada como se debiera: “Las empresas de telefonía celular son, dentro del rubro servicios, las que mayor crecimiento están teniendo”, señala, dejando a libre interpretación el porqué del casi nulo control de los gobiernos y de los insuficientes estudios científicos al respecto.
El funcionario informó que existe un convenio con el Itba para evaluar la compatibilidad electromagnética: “Las empresas ponen las antenas sin la debida habilitación y el Gobierno de la Ciudad no tiene los recursos para efectuar un control sobre ellas: es una realidad muy compleja, existe una gran preocupación de la gente que vive cerca de las antenas por cuestiones de salud y hay pocas respuestas sobre los alcances que tiene la radiación. Existe un análisis técnico, pero no un exhaustivo desglose de cómo afecta lo ‘no ionizante’ en la epidermis”.
La responsabilidad recae sobre la Ciudad de Buenos Aires y, en el interior del país, en los municipios. La CNC, el organismo que estipuló los máximos permitidos de radiación junto al Ministerio de Salud, contaron en respuesta a esta investigación en un escueto comunicado que “hay en el país aproximadamente 17 mil antenas de telefonía celular”, que “la CNC efectúa los controles de las antenas a través de procedimientos de rutina sorpresivos solicitados por la comunidad (instituciones o ciudadanos, a título individual)”. También se excusaron: “Cuando las empresas instalan una antena, la autorización de la obra civil (incluida la ubicación) es de jurisdicción de cada municipio. Una vez instalada, las empresas deben hacer una medición refrendada por un profesional matriculado”.
Existe otra preocupación, el llamado “impacto visual”. Las personas pueden sentirse agredidas al verse sitiadas por las antenas, generando malestar. “La gente se siente rodeada y aunque esto no sea perjudicial en sí mismo, lo es en forma indirecta. Las antenas deberían de estar fuera del alcance visual y a una altura razonable. Y eso no siempre ocurre, lo que provoca además un peligro físico, porque son antenas muy grandes”, finalizó el técnico del Itba Muñoz.