« Home | Estudios TNT. Julio Costa, 45 años junto al rock n... » | Madres de Plaza de Mayo: dos caminos, la misma luc... » | El dilema del Estadio "Único" Platense » | Número CUATRO - febrero 2006 » | Leo García » | Gabriel Schultz » | Marcela Pacheco, rebelde con causa » | Carnaval de ayer y de hoy » | Camino del Inca, el otro sendero » | 34 puñaladas »

Cristina Zuker, una mirada sobre la contraofensiva montonera


Por Graciana Castelli

A 30 años del golpe de Estado, la escritora -que perdió a un hermano que militaba en las filas de Montoneros- reflexiona acerca del rol cumplido por la agrupación guerrillera a fines de los setentas y asegura que es hora de que a la sociedad argentina la una ‘el amor y no el espanto’.

El bigote prusiano, que parecía un homenaje a Adolf Hitler, apenas ocultaba la raya apretada de su boca... las charreteras con tres soles amarillos sobre fondo rojo demostraban que Roberto Viola había sabido cómo llegar a teniente general.
- Los subversivos están en las alcantarillas -su brutalidad me indignó.
- Si está muerto, muéstreme su documento –casi le grité, llorando desconsolada.
- Yo no dije que su hermano estuviera muerto –levantó la voz el general de tan baja estatura.
Nos despidió con un ‘voy a ver qué puedo hacer’.

En su libro El tren de la victoria -Sudamericana (2003)-, la periodista y escritora Cristina Zuker cuenta que tuvo el disgusto de conocer a Roberto Viola. Fue en 1977, cuando detuvieron a su hermano Ricardo por primera vez. Su padre, el recordado actor Marcos Zuker, compartió con ella el infortunado encuentro. Mientras tanto, del otro lado del infierno, su madre dibujaba desapariciones en forma de cruz: “Mamá anotaba los días que iban pasando, como una marca de su propio calvario”.
Ricardo Zuker se sumó, en 1974, a la agrupación Montoneros. El Pato, como solían llamarlo sus compañeros, tuvo una extensa militancia signada por el compromiso y un forzado destierro cuyo primer destino fue Brasil y luego España. Formaba parte de las Tropas Especiales de Infantería (TEI) y retornó clandestinamente al país en febrero de 1980 para participar de lo que se conoció como la contraofensiva popular. A pocos días de su regreso, El batallón 601 (Servicio de Informaciones del Ejército) lo detuvo –por segunda vez- en Plaza Once. Luego de haber estado secuestrado diez meses en el centro que funcionaba detrás de Campo de Mayo, EL campito, fue asesinado.
Mucho se habló sobre los motivos de la caída del grupo de militantes montoneros que ingresó al país a principios del ochenta: desde infiltraciones militares en la organización hasta entregadores dentro de la propia cúpula guerrillera. Lo cierto es que, para entonces, lejos había quedado la Patria soñada tras el regreso del líder en 1972 por miles de jóvenes que se hacían llamar Los soldados de Perón.

EL TREN DE LA VICTORIA
Sin El Viejo y con Isabelita comenzó a instalarse el Proceso de Reorganización Nacional. A mediados de los setentas, la conducción montonera partió al exilio y tras ellos gran parte de su tropa. Sangre de por medio, a principios de 1979 se realiza en Madrid una reunión en la que Roberto Perdía, ex jefe de la organización, anunció el lanzamiento de una contraofensiva popular para retornar al país y arengó a su público a “no perder el tren de la victoria”.
La cúpula contemplaba un levantamiento obrero que intentara recuperar sus derechos sindicales, debilitando así al ministro José Martínez de Hoz y su feroz política económica y, por consiguiente, a las Fuerzas Armadas. Pero las movilizaciones se desvanecieron y la falta de cohesión del las distintas corrientes del movimiento obrero –a esa altura diezmados por la dictadura- aplacaron la euforia popular. “Era muy difícil que en esa Argentina de 1979 se pudieran dar vuelta las cosas y que Montoneros, haciendo gala de un vanguardismo irredento, pensara que podía vencer al terrorismo de Estado. Era un delirio”, sentencia Zuker.

- Entonces, ¿qué fue lo que movilizó a tu hermano, como a tantos exiliados, a subirse al tren de la victoria?
- Fueron imperativos morales. En el núcleo duro de los perseguidos que estaban afuera se vivía una suerte de como si se siguiera en el país. La mayoría de ellos no se podía bancar el exilio y la muerte de sus compañeros, mi hermano fue un fiel exponente de eso, él vivía como si estuviera en Buenos Aires. Y todo era rodeado de una fragilidad consecuente porque no había ningún proyecto de estudio ni de trabajo y lo único que importaba era volver.

- Algunos ven a la derrota cantada de la contraofensiva como a una mala lectura de la cúpula sobre el escenario político de la época…
- Sin dudas tuvo un enorme peso la conducción montonera a partir de una evaluación de la situación del país que no tenía nada que ver con la realidad. Pero esto podría suponerlo en una primera etapa de la contraofensiva (1979), en la segunda etapa (1980) de ninguna manera. Incluso en mi libro yo cuento cuando el jefe de mi hermano le dice: Yo no vuelvo porque de ninguna manera están dadas las condiciones.

- ¿Fueron dadas todas las respuestas desde la conducción?
- Creo que a esta altura deberían ofrecer explicaciones más amplias, sobre todo de esa etapa. Hay que hacer un mea culpa desde que se pasa a la clandestinidad y se adopta la pastilla de cianuro, porque una cosa es ir hasta la muerte en pos de la revolución y otra distinta cuando se comienza salir con una pastilla de cianuro en la boca.

En 2003 Zuker entrevistó al ex líder montonero Mario Firmenich en España. Cuando ella le pidió hablar de la contraofensiva, “esa derrota previsible”, él no vaciló en contestarle: “Es como hablar de los resultados de los partidos de fútbol del domingo con el diario del lunes bajo el brazo. Ya sabemos el final de la historia.”

DE UN TIEMPO A ESTA PARTE
El juicio a las juntas militares fue una obligación que tuvo que enfrentar Raúl Alfonsín. Carlos Menem transformó a la dictadura en un aluvión de indultos. Para Fernando de la Rúa, quizá haya sido un sueño más de su interminable siesta. Pero a partir de 2003 algo cambió: el Congreso Nacional declaró la nulidad de las Leyes de Obediencia Debida y Punto Final. No pasó demasiado tiempo para que los cuadros de los represores Rafael Videla y Reynaldo Bignone fueran descolgados del Colegio Militar. La Escuela de Mecánica de la Armada, la emblemática ESMA, prontamente se convertirá en un Museo de la Memoria. Y no es casual, tampoco, que el actual secretario de Derechos Humanos, Eduardo Luis Duhalde, durante los años más duros haya defendido a los presos políticos y haya participado en la Comisión Argentina de Derechos Humanos (CADU), que recibía en el exterior las denuncias sobre los secuestros y desapariciones que ocurrían en el país. Guste o no, Nestor Kirchner es el primer presidente pos dictadura que asumió la lucha por los derechos humanos como política de Estado.

- ¿Cómo ves a la sociedad a 30 años del golpe de Estado?
- Algunos somos más duros que otros respecto a esto. La complicidad fue terrible… y yo pude palpar la indiferencia y la ceguera cuando mi hermano fue secuestrado por primera vez. Recorrí todo el barrio golpeando puertas y nadie había visto nada. Ahora bien, más allá de mi experiencia, creo firmemente que no habría tantos avances sino hubiéramos contado con sangre joven. Y lo digo sin que esto implique que medio país se haya volcado a la lucha por los derechos humanos porque no es cierto. El tema de la sociedad argentina hay que tratarlo con generosidad porque, como diría Borges, es hora de que nos una el amor y no el espanto.

La historia de Cristina Zuker y su hermano es, también, la historia de un pueblo que todavía, al igual que su madre, dibuja desapariciones en forma de cruz. Sin embargo, la escritora no duda: “Yo todavía confío y creo que ahora tendré la oportunidad de acercarme a una justicia acertada y más personal”.