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Daniel Hendler


Por Graciana Castelli

A poco de haberse estrenado su última película, ‘Derecho de familia’, el actor cuenta su relación con el director Daniel Burman y confiesa que le da un poco de temor no haber trabajado en televisión hasta el momento. Además, lejos de caer en la incertidumbre de sus personajes, asegura: ‘Nosotros los actores tenemos que ayudar a que la historia sea lo más vívida y humana posible’.

Uruguayo, 30 años, el actor de las cosas sencillas, y no tanto. El álter ego del director de cine argentino Daniel Burman, para la crítica. El antihéroe que cuando habla en la pantalla grande parece trabarse, hace pausas, ironiza a media sonrisa, intenta conocerse, reposa en la duda. El joven de la mirada lunar que narra historias y dispara preguntas: ¿No te sentís burbuja?, concluye en Esperando al mesías.
Multipremiado en cuanto festival de cine independiente –y dependiente- anda dando vueltas, Daniel Hendler, el muchacho ojos de papel acaba de estrenar su última película –también burmaniana-, Derecho de familia, en donde interpreta al del Dr. A(riel). Perelman hijo, un abogado que se descubre padre y redescubre a su padre para finalmente descubrirse a sí mismo. Su compañera en el ruedo es Julieta Díaz, la mujer orquesta que, si de actuación se trata, parece no tenerle miedo a nada. Hendler dirá sobre ella: “Burman estaba buscando a una actriz y Adriana Aizenberg la propuso, a él se le ocurrió, y a mí me gustó. Es una tipa abierta y su observación sobre mi personaje me ayudó mucho porque hubo muy buena comunicación”. Esta última película es una historia contada desde la sensibilidad de los detalles que marca la maduración de una dupla (Burman-Hendler) que no aburre y funciona.

UNA APUESTA RIESGOSA
La historia comienza así: Burman –por entonces productor ejecutivo de la película Garage Olimpo (1999)- viaja a Montevideo para ver a Walter Reyno, un actor uruguayo que trabajaba junto Hendler en una obra de teatro. Ahí descubre –sin saberlo- a su futuro actor fetiche y le hace un casting improvisado. Un año más tarde, el director comienza a buscar al protagonista de Esperando al mesías (2000) y decide llamarlo. “Se acordó de mí y se la jugó porque le quedaba poco tiempo para el rodaje. Después me contó que se dio cuenta de que yo era buen actor –según él, aclara- durante el montaje, recién ahí se fue alegrando. Él me había visto sólo en una obra de teatro en la que hacía a un personaje bastante grotesco y agresivo que no tenía nada que ver con el registro que él buscaba, entonces era medio una apuesta riesgosa.”
La jugada fue un éxito, Esperando al mesías (2000) no sólo sería bien recibida por el público y la crítica sino que, además, abriría las puertas de lo que luego terminó siendo una inesperada trilogía de Arieles en permanente búsqueda introspectiva (Ver La trilogía de…). Le sucedió El abrazo partido (2003), premiada en 2004 con el Oso de Plata como mejor película en el Festival Internacional de Cine de Berlín, y con otro oso igual que sorprendió al joven uruguayo como mejor actor. Una anécdota cuenta que cuando lo pasó por los rayos X del aeropuerto de Berlín, los guardias lo reconocían y lo saludaban.

- Luego de tres trabajos junto a Burman en donde tus personajes son el eje de las historias, ¿hasta donde llega tu rol participativo en las películas?
Mi participación es un poco la de acompañar el proceso desde el inicio de la escritura del guión. En esta última, y en El abrazo partido también, me propuso hacer la película antes de escribirla. Después me mandó el primer cuentito, el primer armado, la primera versión, y yo acompaño un poco desde mi rol de actor, un poco también como amigo –cada vez más-, y después en el rodaje. Burman es muy inteligente en el casting y yo participo como partenaire de algunos actores que él quiere probar.

- Muchos te llaman el actor que se representa a sí mismo, sin embargo en tu última película hacés de papá, algo totalmente ajeno a tu realidad...
Estuvo bueno porque no soy padre y no lo voy a ser inmediatamente. Hay otras cosas a las que uno no les tiene tanto respeto porque de alguna manera las siente o no le pesa tanto la experiencia. Es más fácil observar a un loco que tener la vivencia de ser padre. Pero me ayudó mucho Burman en la relación con el chico (hijo del director en la vida real). También me pasó que con mi novia adopté una perra las semanas previas al rodaje –no fue intencional-, y si bien un padre se ofendería con esta comparación, para mí fue lo más cercano a sentirme responsable por una criatura. Así que si resulto creíble como padre, entonces será que soy muy paternal con mi perra (bromea…).

- Tus personajes son muy porteños y funcionan dentro de esa dinámica, ¿sentís que te aporteñaste?
Cuando llego a Montevideo se me acusa un poco de eso. Pero es natural, al principio de estar acá para que los taxis no me pasearan tenía que evitar decir algunos términos uruguayos. Y lo mismo para actuar, a veces se cortaban tomas porque se me escapaba un “contigo” o un “tá”. De a poco vas neutralizándote que no es lo mismo que aporteñándote. Si tuviera que elegir una ciudad cosmopolita sin duda elijo Buenos Aires porque me parece la más interesante, es una ciudad viva en la que hay diversidad. Y si bien hay cada vez más contrastes por estos lardes, todavía conserva algo de clase media y sobre todo de cultura. Pero me costó mucho vivir en una ciudad grande como esta.

MUCHO CINE Y POCA TELE
Lejos de ser solo un chico Burman, la carrera de Hendler, silenciosamente, se engrosa: hizo desde el inolvidable y ochentoso personaje de Walter para la publicidad de Telefónica en donde en pleno menemato era descongelado y llegaba de visita –al ritmo del Wadu wadu y con un par de australes en el bolsillo- a la casa de sus padres que caían desmayados al verlo; hasta películas con directores como: Juan Villegas, Sábado (2001) y Los suicidas (2005), Damián Szifrón, En el fondo del mar (2003), Juan Pablo Rebella y Pablo Stoll, Whisky (2003), sólo por nombrar a algunos. Además tiene una basta experiencia sobre las tablas –y admite tener ganas de volver a pisarlas- que, entre otras cosas, consolidó en un grupo de teatro que formó a los 19 años en Montevideo, Acapara el 522, con el que dice que “hace dos años que no hacemos nada porque yo estoy medio instalado acá, pero sigue ahí latente”.
Algo que sorprendió fue su inesperada aparición en la pantalla chica cuando el año pasado interpretó a un villano en Sin código, la tira que protagonizaban Adrián Suar y Nicolás Cabré por Canal 13. “Para mí fue un poco patear el tablero. Durante un tiempo creí en eso del perfil bajo y creo que fue bueno no exponerme para darle más credibilidad a los personajes. Pero me cansé de cuidar tanto qué proyectos o personajes van o no. Me da un poco de temor no haber hecho televisión porque eso tal vez hace que te dejen de llamar, y quizá en algún momento lo necesite o me den ganas, y no tenga tantas oportunidades”.
Hendler habla pausado al igual que en la mayoría de sus películas. Escucha atento y responde, no improvisa. Interrumpe la charla para atender su celular y dice: “Sino mandame un mail a ...@montevideo.uy”, es cierto, no llegó a aporteñarse. Es un tipo simple en sus formas, con una vocación y un estilo definidos que para nada recuerdan a sus personajes ahogados de preguntas: “Un actor es un tipo que se sube a un escenario o se pone frente a una cámara para ser observado o explorado desde una mirada voyeurística, y tiene que trabajar la generosidad para poder regalar algo de vida y no provocar sólo admiración. Por ejemplo, (Philip Seymour) Hoffman, el que ahora ganó el Oscar y que es un capo absoluto; tal como lo imaginaba, el último personaje que hizo (Truman Capote) es de los que menos me gustan de él porque es una composición finísima y deleitante en donde uno no puede dejar de admirar al actor que está componiendo. Pero a mí no me queda ningún recuerdo vívido de eso que me pasó viendo la película, veo pura observación y exquisita técnica, pero no veo a un tipo al que le están pasando cosas. Y creo que nosotros, los actores, tenemos que ayudar a que la historia sea lo más vívida y humana posible”.