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El Mercado de las Pulgas


Por Lucía Turco

En el barrio de Colegiales hay una manzana dedicada a la compra-venta de objetos usados y antiguos. Emplazado en una zona que abunda en diseños modernos y última moda, el Mercado de las Pulgas no sólo ofrece objetos curiosos, también personajes e historias de apariciones.

“Dale Tony, que te quieren copar la parada”, grita una mujer. Mientras, un norteamericano pregunta por un sapo de bronce, alguien canta un tango a lo lejos, un joven se interesa por una filmadora de 16 milímetros y una señora respira hondo y se anima a regatear más que su marido por el esquinero de roble viejo.
Sucede que donde un ratón alemán es un auto y un combinado es un mueble que pasa discos, todo es posible. Al menos hasta que la memoria hace memoria y recuerda las palabras que pertenecen a las cosas.
En el Mercado de las Pulgas “todo sirve”. No hay basura, hay objetos que reaparecen con nuevas oportunidades y a veces da la sensación de que faltan las palabras para referirse a algunos de ellos.
Tony no aparece. Es el puestero más viejo, lleva 18 años en el Mercado, y ya tiene clara la movida, por eso no lo desvela la compra-venta y la practica sin arrebato y con astucia. Le interesa hablar con los clientes y difundir su “literatura”: una serie de presagios que le dictó Gardel cuando se le apareció en su casa de Floresta. Y justo se encuentra con un joven cineasta que tiene entre manos un guión sobre la vida del artista. El joven pega una última mirada a la ‘16 mm’ y le recuerda a su acompañante que con esas filmaron la Segunda Guerra Mundial, sólo que esa ya no funciona y cuesta 3.500 pesos. Tony lo despide no sin antes preparar el terreno para que el nuevo cliente le pregunte de qué se trata esa historia de las apariciones.
“Cuidado Cristóbal, que se tienen los ojos en las manos en estos lugares”, le advierte una señora a su marido, ambos de alrededor de 70 años y emperifollados como para ir de fiesta, o como para ser fotografiados como parte del mercado, o pasar inadvertidos. Rodeados por una seguidilla de copas y jarras se apartan del peligro de astillar algún viejo cristal y se dirigen al sector de las lámparas.
Tony no cree que vayan a mudarlos de ahí, como se comenta. El Gobierno de la Ciudad ya les advirtió que para fin de año los mudan transitoriamente a un predio que están preparando atrás del Mercado, que tiene casi la mitad de la superficie, hasta que se refaccione el galpón y los vuelvan a ubicar con supuestas mejores condiciones. Está seguro de que eso no va a pasar porque él ya mandó todas las cartas pertinentes para evitarlo, hasta al propio Presidente le envió una, de manera que no teme el desalojo ni definitivo ni transitorio. “Lo que están haciendo es una burla”, se enoja y se ríe.
En otra punta del mercado, Diego, ignora la información que maneja Tony. Él cree que es inevitable que los muden y duda que sea algo transitorio. En su puesto reinan las balanzas, las hay para todo tipo de cosas y pesos. Pero lo que más llama la atención de los caminantes es una mini bicicleta con seatcam. Un jabalí embalsamado se asoma tras el manubrio y una blusa de lentejuelas doradas le hace de telón a una muñeca de dudosa porcelana que asoma su rostro tuerto por detrás del animal disecado. Para Diego no hay cosas raras en su puesto, en todo caso son raras para los visitantes pero a él ya le resulta todo familiar.
Y a decir verdad, tampoco hay muertos de asombro deambulando por las callecitas que comunican unos puestos con otros, lo que comprueba o recuerda que lo retro está de moda, sólo que en el Mercado es bien recibido desde 1987.
El yanqui no se acuerda cómo se dice “sapo”. Lo señala y obtiene la expresión correcta, la repite como para retenerla pero ni siquiera pregunta el precio, era una duda lingüística. Diego se sonríe. Los puesteros están tranquilos en sus puestos, tal vez lijando un mueble u ordenando nuevas adquisiciones. Están atentos pero no se muestran asechantes a la espera de clientes. Y saben que abundan los curiosos.
El puesto de Gonzalo da a Álvarez Thomas y es el único que tiene autos a la venta: un BMW-IZ modelo ‘60 y un Ford A, del ‘29. Al primero le decían ratón alemán porque es muy pequeño y tiene la particularidad de que se ingresa por una puerta de frente.
El objeto que más tiempo lleva en su puesto sin ser vendido es un aparador medieval – una especie de placard con espejos – de 1.800 pesos que hace seis años que fue comprado y aún nadie le puso el ojo o pretendió regatear una baja de más del 30 por ciento del valor, que es el límite inconfesado de los puesteros, aunque alguien lo ha revelado.
La mayoría de los puestos son negocios de familia y así funcionan: un día atiende la madre o el padre, otro día el hijo o el tío. Abren entre las 10 y las 11 de la mañana y las dos de la tarde es la hora pico los fines de semana. La jornada termina cuando escasea la luz natural.
En ese momento del día, tal vez en el barrio de Colegiales, recuerden que a dos pasos está el mundo del nuevo diseño, con muchas luces dicroicas y muebles a estrenar. Pero siempre hay algún objeto viejo encantando la blancura y el minimalismo de lo ultra moderno de Palermo Design.
La manzana -que forman las calles Concepción Arenal, General Martínez, Álvarez Tomas y Dorrego- se ve más melancólica y nostálgica cuando queda en la penumbra. Por el pasillo de los marcos, un puestero se inspira con un vinilo de Discépolo y canta un tango más.