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El Palacio de la fotografía


Por Milena Marcovecchio

Dos pool, un museo, un estudio, una sala de conferencias, una pasión, una cerveza y muchas sensaciones son algunas de las cosas que se pueden encontrar al cruzar la puerta del Bar Palacio, mítico lugar ubicado a dos cuadras de la estación de trenes de Chacarita.

Se sabe que Buenos Aires se caracteriza, entre otras cosas, por la gran variedad de bares, situación que la pone a la altura de cualquier capital del viejo continente. También se sabe que los mayores movimientos culturales e intelectuales de la década del ‘60 se gestaron dentro de ellos. Esquinas famosas, recintos acondicionados para bohemios -y no tanto- que, café de por medio, se juntan para despuntar el vicio de lo que más les gusta hacer: hablar de tango, fútbol, jugar billar, buscar sentados en una vidriera la musa inspiradora de una novela, o compartir una pasión tan nostálgica como el amor por las cámaras fotográficas y las imágenes antiguas.

ESPACIO PARA FANÁTICOS
En la unión de la avenida Federico Lacroze y Fraga, pleno barrio de Chacarita, se encuentra el Bar Palacio, recinto que invita a un viaje a través del tiempo. Numerosas vitrinas repletas de cámaras fotográficas, fotos de épocas lejanas repartidas en las mesas, muñecos vestidos que emulan la típica indumentaria de un fotógrafo de los sesentas; se mezclan entre las personas que visitan el lugar para pasar un rato o para charlar con Alejandro Simik, fotógrafo publicitario y dueño del ya tradicional bar, quien recuerda el inicio de esta pasión que lo llevó a coleccionar, en la actualidad, más de 700 cámaras antiguas. “Todo comenzó cuando en 1995 me regalaron un cámara Kodak de fuelle de los años treintas. Yo ya era fotógrafo en ese momento pero nunca había trabajado con esas rarezas, y ahí me interesé por averiguar cómo se usaban, me fui metiendo más y más y empecé a ir a ferias a comprar, fue como una carrera imparable que se transformó en un vicio. Las ponía en el garaje de mi casa arriba de unos caballetes con tablas y me transportaba mentalmente en el tiempo, estaba solo con imágenes y aparatos que se usaron en 1900”, dice éste fanático que no recuerda la cantidad de dinero invertido en su frenesí.
A fines de 2001, Simik se largó a la carrera recorriendo ferias y ciudades del interior en búsqueda de sus reliquias, “tenía una reserva en dólares y con eso me iba a las compraventas, en ese momento me benefició mucho el cambio del dólar, nadie sabía cuanto valían las cosas, era un comprador compulsivo”, confiesa. Y así fue que, en febrero de 2002, ante la falta de lugar para guardar sus cámaras, armó la primera vitrina en el local: “Me gustó como quedó y a la gente que venía también, y seguí agregando. Durante el año pasado, cada 15 días o un mes, había una vitrina nueva. El stock se va incrementando todo el tiempo, ahora de nuevo ya no sé adonde voy a poner las 200 cámaras que me quedan sin acomodar”.

UNA FOTO EN TRES DIMENSIONES
El bar no sólo cuenta con este espacio para sentarse y tomar algo, también hay un subsuelo que Simik restauró, y ahí dicta los cursos gratuitos de fotografía que empezaron casi por casualidad: “Todos sabían que yo era fotógrafo y siempre venían y me preguntaban cosas. Entonces los reunía de a tres o cuatro para no hablar 70 veces de lo mismo, nos juntábamos, tomábamos un café, y yo les iba enseñando. Cada vez se fue sumando más gente, daba clases tres veces por semana, ahora sólo doy los lunes a la mañana porque no me dan los tiempos. Y no cobro porque me parece que en un curso gratuito hay como otra onda, es muy buena la relación con los alumnos, te llena de vida y no lo puedo dejar”.
Haciendo la recorrida obligada por el bar -convertido en museo y declarado de interés cultural por la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires-, la gente puede encontrarse con un Taxiphote Richard: aparato que se utilizó a partir de 1890 en los prostíbulos para vistas estereoscópicas de mujeres desnudas. Funcionaba con una palanca y al introducirle una moneda bajaba la foto. También hay visores estereoscópicos que se usaron entre 1860 y 1870 para vistas en tres dimensiones, de gran sofisticación para la época y que sólo eran accesibles para las clases sociales más pudientes. Curiosas cámaras miniatura de espionaje, de visores directo, reflex, polaroids y hasta un largavista que toma fotografías. Todo forma parte del paisaje del bar.
Simik también adaptó el lugar para que sea su base de operaciones, como él lo llama, ya que en el primer piso funciona su estudio, espacio en el que durante los últimos meses pasó gran parte del tiempo revelando las fotos de una muestra que va a presentar el 21 de abril, en el Centro Cultural Recoleta, junto con un grupo de personas que nucleó formando el Club de Fotógrafos con Cámaras Antiguas. “Esta es la tercera muestra y la que más satisfacción nos dio, porque nos dimos el gusto de fotografiar a 45 personalidades importantes como: León Gieco, Nelson Castro, Enrique Macaya Márquez, Pepe Soriano, China Zorrilla, Enrique Pinti, Eleonora Cassano, entre otros. Se va a hacer un libro para distribuir en las escuelas, y ahí van a estar las fotos de cada personaje con su biografía y las fotos de la cámara que se utilizó con su descripción técnica”, afirma orgulloso.
Un bar que es mucho más que un lugar de encuentro, es la antesala al misterioso mundo de la fotografía que se hace presente desde la vereda misma del local, donde un maniquí fotógrafo da la bienvenida.