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Estudios TNT. Julio Costa, 45 años junto al rock nacional


Por Gabriel Pérez

Entró a trabajar como técnico de grabación de los estudios TNT a los 16 años. Vivió el proceso de creación de buena parte del rock nacional, aunque también colaboró en discos de tango. Pese a ser un poco celoso de sus recuerdos, decide relatar parte de su gran historia.

Aguas que ahogan, aguas que queman, aguas que salvan: todas habitan en las lagunas que inundan los recuerdos de Julio Costa, quien desde hace 45 años es técnico de grabación de los míticos –palabra horrible- estudios TNT, donde se registró –entre otras joyas- una buena parte del viejo rock nacional, aquel de Los Gatos, Almendra, Vox Dei y Manal.
Pero hay cierta negación a contar los pormenores de su rica historia, que también incluye sesiones de grabación de gigantes del tango como Troilo, Goyeneche o Cadícamo, hasta típicos placebos como El Club del Clan. No es soberbia -de hecho Julio es una persona afable-, sino que a veces da la impresión de que está empecinado en ser el único espectador de la película de su vida, esa que de haber sido protagonizada por alguien menos discreto sería una usina del chusmerío del rock.
Actualmente su función en los estudios se parece a la de un sereno, ya que de las cuatro salas de grabación sólo queda una y el resto se usa para ensayos. Pero hubo un tiempo que fue hermoso y Julio fue libre de verdad: “Cuando recién se había inaugurado TNT –yo tenía 16 años- se llegaba a trabajar con tres técnicos por sala las 24 horas. Se grababa en dos canales, pero si necesitabas agregar otro instrumento en otro canal, usabas otra cinta en otra máquina que duplicaba el soplido natural que tienen las cintas. Cuanto más canales, más despelotes. Al principio no, pero después se llegaron a usar cintas usadas para muchos discos rock, que no era lo ideal”.
El avance tecnológico confinó a TNT a ser una pieza de museo que retiene en sus paredes altas, su sala vacía diseñada para contener a grandes orquestas y su equipamiento añejo, el olor húmedo de la gloria pasada. Julio admite que ya es casi imposible grabar allí debido a los altos costos. “Hoy los músicos que recién empiezan se pueden grabar con una PC en un cuartito. Y los que tienen mayores ventas graban por todo el mundo. Pero esta forma de trabajar enfrió al músico, lo hizo mecánico, porque dice, ‘si me equivoco, después lo arreglamos en la mezcla’. Se perdió calidad, se dejó estar, no es que no sepan tocar, porque el músico profesional estudió y el roquero se la pasa practicando. Antes no se podían equivocar, estaba el director que te ponía una partitura y te decía ‘tocá’, y a la segunda vez que te equivocabas no te llamaban más. Además, ya no se puede pagar una sinfónica, entonces van a la casa de algún muchacho que tenga un buen teclado para obtener ese sonido. Pero ese sonido es lineal, no vas a encontrar los matices, las variaciones que puede hacer el humano”.
De una de las salas de ensayo se filtran acordes furiosos que se interponen en el silencio de misa que tiene la antesala donde pasa las horas sentado. La cuenta es sencilla: 45 años expuestos a ese ruido constante derretiría cualquier tímpano, pero no los suyos. “Siempre me cuidé. Al roquero le das consejos y no te hace caso. Es el único, porque el tanguero no toca tan fuerte, por más que los instrumentos no sean los mismos. Estas salas son de dos por dos y fueron hechas para equipos de 30 watts. Ahora están con amplificadores que apenas los prendés te tiran 120: te parás adelante y te tiemblan los pantalones. El problema es que perdés las frecuencias medias, se queman. Es como vivir cerca de un aeropuerto. En los´60 usábamos cuatro parlantes grandes de 15 pulgadas de buena calidad, pero con poca potencia. Ahora estoy usando dos chiquitos, pero si viene uno y me dice que quiere escuchar con los grandes, se los prendo y me voy del estudio, que se quede sordo él”.
También comenta que cuando llega a su casa no quiere saber nada con el rock y que suele escuchar los pocos discos de tango que no regaló. Salvo los sábados, cuando sus hijos Julio César, de 16, y Elizabeth, de 18 escuchan… ¡cumbia! Aunque ni se molesta, tantas sesiones con músicos de diversos estilos lo vacunaron contra cualquier prejuicio. Sólo se refugia en los brazos de Mirta, su esposa de toda la vida, quien en su juventud fue modelo. Y tal vez ahí sí, relajado, alguno de los recuerdos se le caiga en forma de canción.