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Felipe Pigna


Por Gabriel Pérez

El historiador más exitoso de los últimos años califica a sus enemigos de pseudo intelectuales tilingos y pide terminar con el ingreso irrestricto a la universidad. Además confiesa que le molesta un poco el ego de Lanata y que no cometió plagio. En medio de tanta polémica recuerda a su abuelo anarquista y su época de estudiante.

Puto el que lee. La advertencia callejera es desairada por Felipe Pigna, que cruza la calle a paso veloz mientras habla por celular y lucha por encajar su morral en el hombro izquierdo. Está atrasado. En realidad tiene la pinta de los que van por la vida retrasados. Saluda raudamente pero elige sentarse en otra mesa. Resulta que el bar naturista ubicado a metros de Radio Mitre es su centro de operaciones, donde convoca a colaboradores y periodistas. Luego de un breve cambio de palabras con una señora se acerca y dice: “Vuelvo en 15 minutos”. Media hora después se sienta, ni se molesta en tomar un café, y pide comenzar.
Está contento. Su nuevo libro, Lo pasado pensado, encabeza las listas de ventas. “Tiene las entrevistas que hice en los últimos diez años. Es un libro muy querido que, a diferencia de Mitos..., se ocupa de los hechos contemporáneos, del ‘55 al ‘83. El lector es el protagonista, porque va a encontrar opiniones antagónicas de personajes muy contradictorios y va a decidir con quién que se queda”.
Con serenidad comentará sobre el éxito de Algo habrán hecho, los cuatros capítulos de historia argentina que lideraron la temida franja horaria de los súperlunes en Canal 13 y que continuarán en Telefé este año. Pero de repente una mueca leve desencaja su rostro y palabras se vuelven grises: “Hay una cantidad de obtusos intelectuales que no entienden que a esa frase la re-significamos. He escuchado decir en la radio que era un dicho maldito de la Dictadura que define al programa. El que no entiende que esto es un homenaje a esa generación, estuvo mirando otro canal”.
A simple vista se nota que tiene varios asuntos pendientes con lo que él llama pseudo intelectuales -Arturo Jauretche diría intelligentsia-: una clase formada por buena parte de los historiadores académicos que lo rebajan a la categoría de mero recolector de anécdotas. A lo largo de la entrevista jurará que ya no le interesa esa disputa, que lo “aburre soberanamente”. Miente. Cuando se le pregunta por su famosa frase sobre Mariano Moreno, estalla en odio otra vez: “Si no entienden que decir que Moreno es el primer desaparecido de nuestra historia es una metáfora, me dan lástima. Cuando yo digo eso estoy siendo metafórico, no se puede ser tan imbécil como para no deducirlo. La gente común lo comprende, los que no lo quieren hacer son los pseudo intelectuales tilingos de este país. Son una minoría que los medios buscan para pegarme, y ellos se prestan gustosos”.
Antes de que la charla devenga en un soliloquio estéril sobre una guerra de pulcros soldados de desfiles -la de los intelectuales- será mejor hacer un quiebre a lo Burrito Ortega y preguntarle sobre su infancia. Ahora de sus ojos se escapa el recuerdo de su abuelo anarquista que lo fascinaba contándole relatos heroicos sobre las huelgas patagónicas. Luego contará que la arqueología fue su primer amor en la primaria. Después añorará los “años de resistencia”, cuando militó en la Juventud Peronista y en la UES (Unión de Estudiantes Secundarios) desde 1973 hasta principios del ‘78. Motivado por los intensos debates con los profesores de historia, finalmente en el ‘79 decide ingresar al profesorado.
Hace años que no ejerce, sin embargo suele ir a escuelas del Conurbano subterráneo a dar charlas. “Los chicos son geniales, espontáneos. Hay que ayudarlos a pensar. Están muy abandonados, en manos de la computadora y de la mala televisión. Habría que hacer cosas tan fáciles como darles ajedrez, volver a la lectura obligatoria, pero no a los textos obligatorios. Hay un pseudo democratismo que rechaza esta idea, pero si uno no les exige hasta que no le tomen el gusto a leer probablemente no lo hagan.”

ETIQUETAS
Rotular es un vicio periodístico que sirve para generar tendencias o para nuclear personas o géneros que comparten alguna (tenue) similitud, aunque este recurso esté sospechado de ser, en realidad, un facilismo para evitar el ejercicio neuronal. Siguiendo este tren, se les llama divulgadores o historiadores mediáticos a gente tan dispar entre sí como Jorge Lanata, Martín Caparrós, Pacho O´Donnell y Felipe Pigna. “Cada uno tiene su estilo, no somos una escuela académica o no académica, lo cual le da una heterodoxia muy interesante. Con Martín me une amistad, con Pacho trabajo en la radio en un programa donde están expresadas nuestras diferencias. Con Jorge no tengo relación pero me agrada su trabajo.”

- ¿Te gustaron sus libros?
- Parcialmente. Me pareció muy importante que mucha gente se interesara por la historia. En cuanto a los contenidos, tengo algunas diferencias, porque hay una mirada periodística –que no está mal porque es su profesión- de buscar el impacto siempre. Escribe muy bien, pero le reclamo, en el buen sentido, una mayor participación, una opinión más crítica. Uno espera de Lanata, más que la correlación de textos transcriptos de otros, leer lo que piensa él.

- ¿Viste su película Deuda?
- Sí, me gustó, pero molesta un poco su ego. Eso de estar presente todo el tiempo es excesivo. Una cosa es Michael Moore y otra él. En Moore se justifica porque tiene que ver con una forma no didactista de ser cómplice con el espectador. En cambio, Lanata explica todo el tiempo y eso le saca un poco de belleza al producto. Distinto es el caso de Algo habrán hecho, porque hay un guión y Mario Pergolini y yo participamos en la historia pero no exponemos.

EDUCACIÓN
“Hay que tener una Universidad metida en la sociedad. Que la facultad de Arquitectura haga planes de viviendas, que la de Medicina trabaje la medicina social. Los estudiantes no tienen que pensar en poner una chapita en la puerta de la casa”, protesta. Otra vez se zambulle en un tema que lo quema por dentro: la Universidad pública; en especial, la de Buenos Aires. No queda otra que relajarse, asentir lacanianamente y mantener la esperanza de filtrar algún bocado.

- ¿Estás a favor del ingreso irrestricto?
- No. El problema pasa por la primaria y secundaria que son un desastre. El CBC no termina de nivelar, y llegan a primer año con niveles de lecturas vacilantes. Habría que hacer un año introductorio para ganar en calidad, porque lo masivo difícilmente sea excelente. El criterio de masividad es otro pseudo democratismo, porque el que se va de la facultad lo hace por motivos personales, no porque no tenga dinero, y le hizo gastar una fortuna al Estado. Tenemos que tener gente convencida de lo que quiera ser y que quiera laburar de lo que esta estudiando, no los estudiantes eternos que van como a una conferencia y tardan 15 años en recibirse. Los que se oponen a este planteo, que generalmente son los estudiantes de izquierda, que se fijen en Cuba, donde si bajás el nivel de notas vas a cortar cañas.

- Pero la universidad pública se mantiene con el aporte de la sociedad.
- No hablé de arancelamiento, hablo de excelencia. El Estado tiene que poner la guita de los impuestos en la facultad. Pero hay que decirle los chicos que no debe destrozar ni ensuciar las aulas. Las agrupaciones deben tener una cartelera pero las paredes tienen que estar limpitas. No hay que perder de vista a qué se va a la facultad: se va a hacer política y a estudiar. El militante debe ser un estudiante más. En mi época –que por supuesto fui militante y estoy orgulloso de eso- teníamos que ser los mejores y la gente nos tenía que ver en las aulas. El que me lee sabe de lo que estoy hablando: no puede existir gente que esté las 16 horas de clase en la mesa de la agrupación. ¿Quién es ese señor? ¿Por qué no está en el aula padeciendo con sus compañeros lo que él dice que padecen? ¿Por qué no está combatiendo en clase? Esto los chicos lo ven, y de ahí la despolitización de la facultad. ¿Por qué se supone que nuestra cultura es la de la suciedad? ¿No podemos vivir en un ambiente agradable?

- Sin embargo, esta discusión, en algunos sectores del progresismo, no se puede ni empezar.
- Porque no están preparados mentalmente. Muchos de ellos viven en Callao y Alvear, donde tienen mucamas que le limpian y cuando van al ámbito público despedazan todo. Es la descarga del niño bien, digamos la verdad. Seamos coherentes. Es contra-revolucionario –usando sus términos- el destrozo de los bienes públicos.
El ringtone con la canción Light my fire rescata del letargo a su celular. Es la excusa perfecta para espiar el reloj. “¡Uy, qué tarde se me hizo!”, suelta. No hay lugar para más preguntas. Otro apretón de manos raudo y ya está en la calle. A lo lejos, dos vecinos intentan -en vano- borrar el graffiti infame.

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