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Harrods, la tienda de las bolsas verdes



Por Malena Higashi

Para muchos atesora recuerdos, otros ni llegaron a conocerla. La imponente construcción -aunque abandonada- todavía se mantiene y representa los años dorados de una Buenos Aires que ya no existe.


“Cuando llegamos a Harrods fue como entrar en el mundo de Alicia. Esa tienda era el país de las maravillas. Hacía muy poco que se había inaugurado, sucursal de la londinense, y era un orgullo para Buenos Aires. La confitería era tan fina que daba miedo hasta de tocar los ceniceros. Era todo muy impresionante, delicado y de buen gusto (...) Y el olor era tan fuerte y delicado, y parecía una mezcla de los olores del mundo. Había maderas de la India, sándalos, tés de la China, perfumes franceses que venían de los probadores y olor a telas, a lienzos finos, a pieles preciosas”.
Nada queda hoy de ese mundo a lo Lewis Carroll que describe Aída, uno de los personajes de la novela Santo oficio de la memoria, de Mempo Giardinelli: todo es un completo vacío. Las puertas del Harrods de Florida y Córdoba están cerradas. A través de las vidrieras se ven las galerías de pisos de madera. Pocos rastros quedan de aquella tienda departamento –porque Harrods no era un shopping- que imitaba la originaria de la capital británica cuyo dueño, Mohamed Al Fayed, es conocido por ser el padre del fallecido último novio de Lady Di.

LA ÉPOCA DE ORO
“Harrods se inauguró en 1913 y se había construido en tiempo récord. Fue un tiempo después del primer centenario, la belle epoque de Buenos Aires, con el segundo gobierno de Julio A. Roca, y la primera década fabulosa, con el gobierno de Roque Sáenz Peña. Toda esa primera década del siglo, ese centenario, marcaba una ciudad pujante dramática, fascinante para todo el mundo. Y eso se aprovechó comercialmente muy bien”, cuenta Andrew Graham Yooll, editor jefe del Buenos Aires Herald y autor del libro La colonia olvidada: tres siglos de presencia británica en la Argentina.
En el año 2003 el emblemático edificio se convirtió en una enorme sala de exposiciones o más bien en un gran happening a cargo de reconocidos artistas locales. Más de 65.000 metros cuadrados de paredes pintadas, habitaciones reconvertidas en espacios artísticos, obras que brotaban desde el suelo o desde los techos y siempre bien al alcance del espectador; Harrods estuvo intervenido por unos días para un evento organizado por el Gobierno de la Ciudad, “Estudio Abierto” y ese espacio que había sido silenciado por tantos años volvió a ser de la gente.
Patricia Rizzo fue curadora de esa muestra de arte y además era una asidua visitante del edificio en la época en la que estaba abierto. “Harrods significa mucho para la ciudad porque es de una época en la que Buenos Aires tenía una arquitectura que representaba el resplandor de la época. Eso se fue perdiendo, quedan algunos edificios pero los locales, como la tienda Gath y Chaves desaparecieron y en un momento solamente quedó Harrods”, explica Rizzo.
El Harrods porteño fue, en sus épocas de oro, sinónimo de tradición. Contaba con una peluquería con altos sillones, una confitería paqueta para las señoras que se juntaban a tomar el té -¿por qué no, un “té de las 5 de la tarde” a la inglesa?-, una juguetería con juguetes importados y en la planta baja, una bombonería y puestos de cosméticos. “El servicio de té no había variado desde principios de siglo –cuenta Graham Yooll-. La vajilla y sobretodo el servicio: vos podías un té y te traían la tetera, la lechera la azucarera, el colador, todo de plata y con las iniciales de la tienda. Las mesas eran muy elegantes, con sillas de cuero. El concepto de elegancia global de Harrods es algo que no encontré en ninguna otra parte del mundo. Para la generación de mi madre y mi abuela era la confitería de rigor. Representaba algo más que un shopping, era en punto donde había que ir a tomar el té”.
En el resto de los pisos se vendían alfombras, muebles y artículos para el hogar. La planta baja el restaurante, que también tenía entrada desde Paraguay, se transformó más tarde en una suerte de supermercado fino donde vendían cosas importadas y de rotisería. Marta Harff abrió su primer local en esta tienda, donde acomodó los canastos con jabones en forma de fruta; con ellos incursionó. Todos los locales estaban dispuestos sin separaciones, como en las grandes tiendas departamentos estadounidenses: Saks o Bloomingdale´s.
Para Rizzo, Harrods era, sin duda, superior a la competencia: “Los mostradores los maniquíes y la forma de presentación no las vi nunca más en ninguna otra parte del mundo. Tenían lo mismo que en Frávega, pero la forma en la que empaquetaban era distintiva: primero iba un papel tipo manteca transparente, después el papel de Harrods con el moño, te daban una tarjeta. Había bolsas de todos los tamaños posibles: comprabas un lápiz de labio minúsculo y había una bolsa de 5 centímetros para ese producto”, dice quien todavía conserva algunas. Aquellas bolsas verdes con el logo de la tienda en letras blancas.
Durante las épocas festivas, Navidad y Reyes, este espacio era la morada de Papá Noel, Melchor, Gaspar y Baltasar; personajes que recibían torrentes de niños ansiosos por subirse a sus regazos y dejarles una carta o hacerles su pedido de regalo personalmente. “Yo iba especialmente a ver a Santa Claus. Lo que mi hija mayor recuerda al día de hoy es ser llevada por su madre y por mí a verlo. Sería entre los años 60 y 70, cuando ella era chica”, recuerda Graham-Yooll. Todavía conserva una imagen: subir por las escaleras de mármol al primer piso y hacer la cola para ver a Papá Noel: “Era toda una ceremonia, sentarse en la falda y entregarle la carta y esas pavadas, pero era una ceremonia que varias generaciones de argentinos todavía recuerdan”.

LA CAÍDA
Harrods cerró sus puertas de manera progresiva. Se fue apagando hasta que quedó tan oscuro y solitario como se lo ve hoy. Rizzo cuenta que, de a poco, fueron desapareciendo los botones que recibían a los visitantes en la puerta y también los departamentos por rubros en el que cada especialista atendía. Esa división se fue perdiendo. Se fue mezclando todo hasta que la tienda entró en decadencia. “Pero siempre quedó el esplendor del edificio: las arañas, los detalles, los vitreaux, el esplendor de principios de siglo”, destaca la curadora.
“El cierre de Harrods fue gravísimo, pienso que si alguna vez lo abren no va a ser lo mismo, aunque lo restauren. Luis Benedit -que tiene cerca de 70 años- me contaba que los que recibían en la puerta eran los bell boys, que estaban preparados sólo para ver si necesitabas algo. Si entrabas y cargabas muchos paquetes te los pedían para llevarlos al guardarropa, si tenías un abrigo muy pesado también, si llovía sacaban un paraguas y se ocupaban ellos; es decir: el servicio era como el de un hotel de ultra categoría para cualquiera que entrara, sin necesidad de comprar. Nada que ver con un shopping”.
El reencuentro con Harrods cuando le tocó trabajar para la curaduría de la muestra fue decepcionante: “Me dieron pena las telas de arañas en las escaleras, pero no lo vi deteriorado porque tiene la grandeza de los edificios hechos con materiales nobles. Pero lo vi opaco, muerto. ¡Es increíble que un lugar que está en Florida entre Paraguay y Córdoba este cerrado! Estoy aterrorizada de que lo compre una cadena de equis cosa y que ponga un supermercado. Mantuvo el glamour de la época; después fue decayendo. Harrods había conservado el esplendor de principios de siglo. Tenía ahí dentro todo junto”.
En Mercado Libre venden Agua de Colonia Harrods original: “Si extrañaba aquella época y quiere volver a vivirla, no hay mejor forma que con esta botella con aroma a Fresias de Bariloche”, reza la propaganda. Todo un remedio para nostálgicos.

Que lindo artículo. Conocí Harrods en el 72. La oficina de mi primer empleo quedaba justo en frente a esa maravillosa tienda. Cada semana veía como armaban las vidrieras. Entraba todos los días, creo que mi memoria olfativa guarda los perfumes de los distintos sectores. A veces me compraba ropa en la boutique Equinox. Mi esposo también compraba en la sastrería y es increíble pero hay sacos que los conserva impecables. Recuerdo cuando se preparaban las semanas de las naciones: inglaterra, italia, españa. Había decoraciones acorde a cada país y degustaciones de productos. Los chocolates de la bombonería eran equisitos; tabletitas de chocolate amargo, dulce o blanco, rellenas de dulce de leche. Como no recordar la elegante confitería, la atrapante biblioteca, el bazar, los ascensores. La amabilidad de los vendedores, aún en los días enloquecidos de liquidaciones y navidad. Las cajas de cobro, antiquísimas. Todavía debo tener algunas bolsas verdes. Que lindo lugar y que lindo tiempo.

Y me olvidaba de la peluquería de niños. Quién no pasó por allí o llevó a sus hijos. O a ver al Papa Noel y a los Reyes. Y la peluquería de damas en el 3er piso, con compartimientos privados y una boisserie increible. Una maravilla irrepetible. No hay shopping que ofrezca la distinción, ni la atención que brindaba Harrods. Otros tiempos.

Qué lindos recuerdos !! Una tia nos compraba ropa a mi hermano y a mí, mas adelante llevé a mis dos hijos a ver a Papá Noel,la confitería un lujo, fui a tomar el té con mi pareja, una exquisitez. Gracias por ayudar a recordarlo. Ojala vuelva a abrir sus majestuosas puertas.

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