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José Yudica, el exiliado del fútbol


Por Federico Amigo

Es uno de los técnicos más ganadores de la Argentina. Hasta
el 2004 fue el único que logró tres torneos locales en diferentes
equipos. Sin embargo, está desocupado desde 1997. Con ustedes el entrenador condenado a la proscripción y al olvido.


En una cama dormía él. En la otra, Ernesto Grillo, emblema de Independiente. Él, con apenas 19 años, tenía ínfulas de crack y esperaba un futuro lleno de éxitos. Grillo era todo presente en el fútbol local y la selección. Ambos pasaron la noche previa al clásico entre la Argentina e Italia en la misma habitación. Pero no cruzaron ni media palabra. “Yo sentía vergüenza y Grillo era tan tímido que ni atinó a conversar. Al otro día nos encontramos dentro del Monumental sin haber hablado nada”, recuerda José Yudica. En sintonía con lo que su carrera iba propinarle, El Piojo debutó con la celeste y blanca en 1956 ganándoles a los tanos por 1 a 0.
A los 17 ya había jugado sus primeros minutos en Newell's, aunque Yudica asegura que sus raíces se forjaron a la par de los torneos infantiles Evita. Estrella de la Mañana barría con cuanto rival se le pusiera en el camino. Era el equipo a vencer. Y El Piojo hacía estragos por la banda izquierda. “Salimos campeones y nos ganamos un lugar en los Juegos Olímpicos de 1952 en Finlandia”, cuenta. La llegada a Europa fue toda una odisea: dos meses de viaje en barco y uno de estadía. La historia ganadora de Estrella de la Mañana se repetiría al año siguiente, pero el premio cambiaría cuantitativamente. “Nos dieron 5.000 pesos. Éramos todos pobres, nunca habíamos visto tanta plata”, rememora.
En 1959 llegó el pase soñado para cualquier futbolista. Para todos, menos para Yudica. “Hubiese sido mejor llegar a River. No por gustos personales, sino por el estilo de cada uno. En realidad, -analiza- era un jugador para Independiente o Racing. Boca era el único equipo que no me tendría que haber comprado. Y me compró”.
Tras desfilar por Vélez, Estudiantes, Platense y Quilmes, Deportivo Cali de Colombia se convirtió en su casa. “Allí no se olvidan de la gente que pasó”, dice El Piojo, con cierto remordimiento. A fines de los sesentas retornó al país y los avatares del fútbol lo llevaron a Talleres de Remedio de Escalada, conjunto de la tercera categoría. “El técnico era Juan Carlos Murúa, compadre mío. Me invitó a un entrenamiento. Yo tenía 33 años, pero estaba fenómeno. Me tentaron para firmar en el club y volví. Talleres salió campeón después de 40 años. Nos costó un perú ese ascenso, pero ese equipo jugaba bien”, dice.

LA HORA DE LOS TÍTULOS
“He tenido mucha suerte como técnico, me ha ido mejor que como jugador”, asegura Yudica, que se retiró con pocas luces en San Telmo. Luego empezaría una esplendorosa carrera como entrenador. “Un día me llamó un muchacho de Rosario, que me conocía de pibe. Me dijo que Altos Hornos Zapla -equipo fundado por un grupo de empresarios siderúrgicos de Jujuy- estaba buscando técnico. Cuando vi el apoyo que podía tener el club, no dudé ni un segundo”, explica. Cuando llegó al norte argentino, la cancha tenía más de potrero que de estadio y el Altos Hornos Zapla era un compendio de ilusiones. Pero al poco tiempo, Yudica y sus dirigidos revolucionaron la ciudad. Ganaron el torneo local, arrasaron en el regional y lograron acceder al Nacional del '74.
El año de quiebre para el técnico fue 1977. Después de salvarlo del descenso, condujo a Quilmes Athletic Club al único título de su historia: el Metropolitano del '78. “Uno de los grandes jugadores que dirigí fue Omar El Indio Gómez aportaba la cuota de habilidad en el Cervecero campeón-. Fue de lo mejor que vi en mi vida. Pero pasó casi desapercibido”, comenta.
Yudica coronó su decenio de oro en 1988. Newell´s se llevó el torneo y el DT festejó por partida doble. “Me sucedió lo que, quizás, no le sucede a nadie. Ser hincha del club, ex jugador y, además, entrenador campeón. Es como una de esas películas que no se olvidan”, compara. De hecho, El Piojo se convirtió en el primer técnico del fútbol argentino en lograr la tercera vuelta olímpica al frente de tres equipos diferentes: Quilmes, Argentinos y Newell´s. El record sólo sería emulado, 14 años después, por otro hombre de la cantera rosarina: Américo Rubén Gallego.

DE LA VIEJA CAMADA
“Cuando tengo cuatro o cinco futbolistas que juegan bien y cumplen la misma función, les busco el puesto. Es mentira que el entrenador gana partidos. Los consiguen los buenos jugadores. Uno los puede ayudar, nada más”, sostiene Yudica, sin mofarse de sus sobrados títulos.
Abanderado de la vieja escuela de entrenadores, descree del tacticismo extremo y enarbola el contacto diario con el plantel y la simpleza, como sus principales atributos. En las prácticas no le gusta pasearse con una libreta, sino interactuar con sus dirigidos. “Si a uno le tiro un pase y me devuelve un cascote, conmigo no juega más”, dice convincente.

RETIRO OBLIGADO
¿Por qué un técnico con semejantes laureles no dirige desde 1997? “Lo mismo me pregunto yo”, responde, y deja más dudas que certezas.
De a poco va desglosando algunos indicios. En realidad, sabe que no comulga con las formas y estructuras del fútbol actual. “No me gusta para nada cómo está manejado. He luchado muchísimo en esta profesión y eso me llevó a un destino que no es el que quiero”, dice. Y agrega: “Ahora hay mucho más negocio para cierta gente, que yo ni debo conocer. Todo gira alrededor de la plata”.
También reconoce que hoy hay que saber moverse (fuera del verde césped), aunque elige preservar sus convicciones antes que venderlas al mejor postor. “Sé que hablando con alguien de la barra brava o un periodista importante uno puede tener trabajo, pero no lo voy a hacer. Luché mucho con esa gente y pasé cosas que no quiero volver a pasar”. Cuando comandaba a Argentinos Juniors en 1992, la banda del Bicho se acercó al final de una práctica para pedirle explicaciones sobre la floja campaña del equipo. El Piojo no dudó en marcar el terreno: “Yo soy el técnico, el lugar de ustedes está en la tribuna”. Siguió caminando pero de inmediato empezaron a patear y agredir al hijo, que era su ayudante. Yudica desenfundó un revolver calibre 22 y lanzó un disparo al aire. Después del altercado, renunció y nunca más volvió a pisar la institución con la que había ganado la Copa Libertadores del '85. “Hoy haría lo mismo. Cuando tuve problemas, ¿a mí quién me defendió? Nadie. Ni los directivos. ¡Y casi matan a mi hijo! Ellos, incluso, son los que, a veces, te mandan esta gente”, devela.
A pesar del mal trago, el entrenador continuó su carrera hasta 1997. Tras irse de Quilmes, se le cerraron todas las puertas y ya no se abrieron más. “Siempre me cuidé para poder jugar y dirigir hasta que me agarrase la muerte. Y no fue así. Siento que me jubilaron antes de tiempo”, opina. Entre tanto, mantiene en vilo las ilusiones y piensa volver a deambular al lado de la línea de cal. “Mi señora me dice: 'Dejate de embromar'. Pero yo tengo la esperanza de dirigir otra vez. No hago otra cosa que respirar fútbol”.Olvidado por los grandes medios y proscrito por la dirigencia actual, Yudica vive un destierro futbolero. Sin embargo, como en su mejor época de estratega, levanta la cabeza, vislumbra el panorama y espera que la pelota vuelva a estar de su lado.