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La abuela de las armas


Por Graciana Castelli

Tiene casi 80 años y cambia pistolas, revólveres y escopetas por dinero en la ventana de su casa. Además consigue ropa y comida
que distribuye en los barrios más pobres de La Plata. El RENAR la
acusa de tenencia ilegal de armas y destrucción de pruebas.

Una tarde cualquiera, varias mujeres que trabajaban en el comedor de una villa de La Plata le comentaron a Lidia Ortiz que en el lugar siempre había tiroteos que le impedían a la gente caminar tranquila por la calle y que, además, las ambulancias no ingresaban porque era peligroso. Entonces ella, como quien se dispone a cambiar una lamparita quemada para devolver la luz, les dijo: “Bueno chicas, vamos a tener que sacar las armas”. Pensó que en total juntaría 30 o 40, sin embargo, asegura que jóvenes de entre 15 y 25 años ya le entregaron más de 800 ¿Cómo lo hizo? Comenzó a cambiarlas por dinero. El precio: de 100 a 150 pesos, pero llegó a pagar hasta 350, “era un pistola robada a la policía y la tenía un chico de 14 años totalmente drogado”, explica. En los barrios la bautizaron la abuela de las armas.
Tiene 79 años, seis hijos y 17 nietos. Es esposa de un reconocido médico platense y en sus años mozos fue profesora de geografía. Un buen pasar económico y una vida hecha le prometían un futuro tranquilo y en familia. Pero hace diez años, una cena en el Rotary Club truncó cualquier profecía: “Preguntaron quien podía llevar una donación a un hogar de chicos y me ofrecí –cuenta-. La verdad no sabía que existían hogares, esa era mi ignorancia, pero cuando descubrí ese otro mundo recibí un impacto tan grande que no pude sustraerme y quedé ligada”. Poco a poco, el nuevo mundo se adueñó de Lidia. Hoy, cada mañana sube a su auto, recoge las donaciones que ella misma gestiona, y las lleva a los comedores, hogares y villas lejanas. Lo curioso es que todo lo hace sola, no recibe ayuda ni subsidios de nadie. De hecho, los revólveres, pistolas y escopetas recortadas que rescata los compra de su propio bolsillo: “Tengo plata, pero no siempre me alcanza. A mi marido las armas no le gustan, y cuando le pido que me preste no me da. Y para mí es un problema porque si le digo a los chicos `mirá, ahora no tengo dinero, venite dentro de tres días’, ellos me contestan: `no, tengo un pibe con 40 grados de fiebre y necesito conseguir el remedio ahora’. Y lo peor es que me di cuenta de que no vuelven porque salen a `trabajar’”. Cuando empezó con la cruzada, la abuela se asesoró y sacó un permiso para portar armas. Juntaba cuatro o cinco y se las entregaba a la policía, después cambió el método y les rompía el tambor con una maza en el patio de su casa hasta que las dejaba inutilizables. Ahora se las entrega al grupo Escombros, “los artistas de lo que queda”, quienes ya hicieron una escultura que, desde 2005, se exhibe en el Centro Cultural Islas Malvinas. Enfrentarse a los molinos de plomo fue una de las tantas batallas que esta octogenaria poco convencional decidió pelear, pero no la única. “Para mí lo más importante es la Ley del Buen Samaritano. Un millón de porciones de alimento se tiran a diario en los supermercados –denuncia-. Es decir, hay un millón de personas que podrían comer con eso”. Esta ley fue aprobada en 2004 por el Congreso Nacional y su fin es facilitar la donación de productos aptos para consumir pero no para ser comercializados. Pero el año pasado, el Poder Ejecutivo vetó el artículo 9 de la norma en el que se eximía de responsabilidades a las grandes cadenas ante eventuales problemas. En conclusión: ya no se hacen donaciones por temor a recibir denuncias o demandas judiciales. Esto hizo que Lidia, junto al grupo Escombros, estuviera tres días repartiendo panfletos en la Plaza de Mayo en busca de una solución al problema que nunca llegó.
Conseguir colchones, comida, ropa y reducir armas es, para ella, una única tarea, la de cubrir necesidades que son básicas. Y para lograrlo también apela a su ingenio: le enseña a las mujeres –en los barrios o en su propia casa- a tejer frazadas con cintas de tela cocidas en las puntas que se van anudando con la ayuda de un palo de escoba. “No sé adonde aprendí esto -reconoce-, pero a la gente le gusta y son abrigadas. En invierno son muy frías las casillas de chapa”. Lidia sabe que su ayuda no resuelve la carencia social ni termina con la delincuencia, es una especialista en parches, una militante del aquí y ahora. Se sonríe cuando la reconocen como La abuela de las armas, pero algo de eso debe haber porque cada vez que un chico se acerca a la ventana de su casa -ubicada a escasos pasos del edificio de la Policía Bonaerense- para llevarle un fierro, ella, además de dinero, le entrega galletitas y caramelos. “Yo hago trabajo social –aclara- y con lo de las armas a veces pienso que puedo salvar a alguien pero en realidad también estoy salvando a un chico. Y para mí ellos son sagrados”.
Una tarde cualquiera, varias mujeres que trabajaban en el comedor de una villa de La Plata le comentaron a Lidia Ortiz que en el lugar siempre había tiroteos que le impedían a la gente caminar tranquila por la calle y que, además, las ambulancias no ingresaban porque era peligroso. Entonces ella, como quien se dispone a cambiar una lamparita quemada para devolver la luz, les dijo: “Bueno chicas, vamos a tener que sacar las armas”. Pensó que en total juntaría 30 o 40, sin embargo, asegura que jóvenes de entre 15 y 25 años ya le entregaron más de 800 ¿Cómo lo hizo? Comenzó a cambiarlas por dinero. El precio: de 100 a 150 pesos, pero llegó a pagar hasta 350, “era un pistola robada a la policía y la tenía un chico de 14 años totalmente drogado”, explica. En los barrios la bautizaron la abuela de las armas.
Tiene 79 años, seis hijos y 17 nietos. Es esposa de un reconocido médico platense y en sus años mozos fue profesora de geografía. Un buen pasar económico y una vida hecha le prometían un futuro tranquilo y en familia. Pero hace diez años, una cena en el Rotary Club truncó cualquier profecía: “Preguntaron quien podía llevar una donación a un hogar de chicos y me ofrecí –cuenta-. La verdad no sabía que existían hogares, esa era mi ignorancia, pero cuando descubrí ese otro mundo recibí un impacto tan grande que no pude sustraerme y quedé ligada”. Poco a poco, el nuevo mundo se adueñó de Lidia. Hoy, cada mañana sube a su auto, recoge las donaciones que ella misma gestiona, y las lleva a los comedores, hogares y villas lejanas. Lo curioso es que todo lo hace sola, no recibe ayuda ni subsidios de nadie. De hecho, los revólveres, pistolas y escopetas recortadas que rescata los compra de su propio bolsillo: “Tengo plata, pero no siempre me alcanza. A mi marido las armas no le gustan, y cuando le pido que me preste no me da. Y para mí es un problema porque si le digo a los chicos `mirá, ahora no tengo dinero, venite dentro de tres días’, ellos me contestan: `no, tengo un pibe con 40 grados de fiebre y necesito conseguir el remedio ahora’. Y lo peor es que me di cuenta de que no vuelven porque salen a `trabajar’”. Cuando empezó con la cruzada, la abuela se asesoró y sacó un permiso para portar armas. Juntaba cuatro o cinco y se las entregaba a la policía, después cambió el método y les rompía el tambor con una maza en el patio de su casa hasta que las dejaba inutilizables. Ahora se las entrega al grupo Escombros, “los artistas de lo que queda”, quienes ya hicieron una escultura que, desde 2005, se exhibe en el Centro Cultural Islas Malvinas. Enfrentarse a los molinos de plomo fue una de las tantas batallas que esta octogenaria poco convencional decidió pelear, pero no la única. “Para mí lo más importante es la Ley del Buen Samaritano. Un millón de porciones de alimento se tiran a diario en los supermercados –denuncia-. Es decir, hay un millón de personas que podrían comer con eso”. Esta ley fue aprobada en 2004 por el Congreso Nacional y su fin es facilitar la donación de productos aptos para consumir pero no para ser comercializados. Pero el año pasado, el Poder Ejecutivo vetó el artículo 9 de la norma en el que se eximía de responsabilidades a las grandes cadenas ante eventuales problemas. En conclusión: ya no se hacen donaciones por temor a recibir denuncias o demandas judiciales. Esto hizo que Lidia, junto al grupo Escombros, estuviera tres días repartiendo panfletos en la Plaza de Mayo en busca de una solución al problema que nunca llegó.
Conseguir colchones, comida, ropa y reducir armas es, para ella, una única tarea, la de cubrir necesidades que son básicas. Y para lograrlo también apela a su ingenio: le enseña a las mujeres –en los barrios o en su propia casa- a tejer frazadas con cintas de tela cocidas en las puntas que se van anudando con la ayuda de un palo de escoba. “No sé adonde aprendí esto -reconoce-, pero a la gente le gusta y son abrigadas. En invierno son muy frías las casillas de chapa”. Lidia sabe que su ayuda no resuelve la carencia social ni termina con la delincuencia, es una especialista en parches, una militante del aquí y ahora. Se sonríe cuando la reconocen como La abuela de las armas, pero algo de eso debe haber porque cada vez que un chico se acerca a la ventana de su casa -ubicada a escasos pasos del edificio de la Policía Bonaerense- para llevarle un fierro, ella, además de dinero, le entrega galletitas y caramelos. “Yo hago trabajo social –aclara- y con lo de las armas a veces pienso que puedo salvar a alguien pero en realidad también estoy salvando a un chico. Y para mí ellos son sagrados”.

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