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La calesita de Don Luis


Por Graciana Castelli

Custodio de la sortija, el calesitero es testigo de una aventura compartida por abuelos, padres y nietos entrelazados por el recuerdo de un paseo circular.

Don Luis Rodríguez cumplió el sueño del pibe: instaló una calesita en el patio de su casa, justo en la esquina de Ramón Falcón y Miralla, barrio de Liniers. “La gente me decía que estaba loco –recuerda- , pero yo fui original”. Heredó el oficio de su padre Juan, un inmigrante español que a principios de 1900 compró una fábrica de vueltas para ganarse la vida. Por aquella época, el calesitero era un nómade que llevaba alegría a las kermeses de barrio y a los pueblos del interior. Nadie conoce el origen exacto de este juego, pero cuenta la leyenda que un viajero inglés llegó a Turquía en 1648 y se encontró con el maringiak: un gran plato de madera con caballos tallados que giraba sobre sí mismo. Parece que un sultán con onda lo mandó a construir para divertir a sus cortesanos. El invento apareció en Europa en 1673 y pronto se expandió por el mundo. En Francia se lo llama carrousel, en Inglaterra merry go around, en España tiovivo. Los argentinos lo conocen como calesita y el origen de la palabra fue tomado de las antiguas calesas, carruajes de dos o cuatro ruedas tirados por caballos. La primera llegó a la Argentina en 1867 y estaba ubicada en lo que hoy se conoce como plaza Lavalle. A mediados de 1930 se instaló en Rosario, Santa Fe, la firma Sequalino Hermanos, una empresa que construyó la mayoría de los carruseles que todavía existen en el país. Actualmente funcionan 56 sólo en la Ciudad de Buenos Aires y son parte indiscutida de la geografía urbana.
Pero entender a la calesita como un simple entretenimiento es limitar la ilusión y el recuerdo. Basta un abrir y cerrar de ojos para que abuelos, hijos y nietos trasciendan al objeto y al tiempo y se descubran cómplices de una misma aventura. Sólo la fantasía puede convertir a esta experiencia en el punto de partida para un encuentro entre generaciones: pilotos de autos de carrera, jinetes, aviadores y cazadores de sortijas son los personajes de un cuento sin final. Y Don Luis lo sabe porque es uno de los narradores omniscientes de esta historia. Tiene 86 años y lleva 71 en el oficio. Es todo un emblema entre sus colegas y el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires lo reconoció en el 2003 como artífice del patrimonio cultural. Miembro del ejército de arcángeles de la sortija, confiesa que, con disimulo, se asegura de que cada niño gane una nueva vuelta. “La satisfacción de verles la cara cuando la atrapan es impagable. Además, es un invento nuestro que se usa en muy pocas partes del mundo”. Este premio infantil es una herencia gauchesca que consiste en embocar, al galope, un palo en una argolla colgada entre dos postes.
“Ser calesitero es una ocupación como cualquier otra –explica-, pero la hace bien sólo el que siente amor por esto. No siempre se gana dinero y el verdadero trabajo es el mantenimiento”. De hecho, él mismo confeccionó las lonas que cubren su calesita y le restauró una y mil veces la carpintería. También pintó los paisajes que adornan el biombo central, mientras que su amigo Tatín –mítico calesitero de Parque Chacabuco- le dibujó los personajes de historietas que completan el ornamento del juego. “Los caballos y los bancos son los originales. Los autos, aviones y helicópteros los hice yo. Mi papá la compró usada en 1920, y calculo que ya debe tener como 90 años. Fue una de las primeras que se armaron en el país”.
Cada tarde el patio de Don Luis abre sus puertas a los vecinos. “Acá estamos todos en familia –asegura-, los padres eran mis clientes cuando eran chicos y ahora traen a sus hijos”. La vuelta en calesita cuesta “cincuenta guitas” con acompañante incluido; y desde la calle se pueden escuchar rancheras, canciones infantiles y tanguitos que él mismo elige al azar de una enorme pila de discos de vinilo. No hace mucho, un hombre quiso venderle un par de cedés con música más moderna, pero él le explicó: “Mirá pibe, la casa es vieja, la calesita es vieja, yo soy viejo, entonces, ¿qué música querés que ponga?”. El caramelo y el beso de despedida son parte del ritual que incorporó al oficio. Y está convencido de que ni el avance tecnológico ni el paso del tiempo pueden derrotar la magia circular: “Es un espectáculo infantil que tiene todo lo necesario para atraer a un chico: color, música, aventura y movimiento. A esa edad no hace falta otra cosa”.
Don Luis está grande. Tuvo la calesita cerrada por 16 meses a raíz de una fisura en la cadera que todavía le dificulta mantener el equilibrio. “¡Así es la vida! –dice-. Vamos pasando hasta dar la última vuelta”. En sus ratos libres le gusta escribir poemas: “Calesitero admirado / nadie te puede quitar / ese lugar bien ganado / en el alma popular”. Y ya publicó dos libritos en los que relata la experiencia que le dejó tantos años de trabajo: “Hay que cuidar las calesitas porque son parte de la infancia y el niño es el padre del hombre. Si cuidamos al niño, recuperamos el futuro. Eso nos permitirá acercarnos al ideal de sociedad que queremos: una que respete la memoria”.

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