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Leo García


Por Gabriel Pérez

Pantalón ancho: 80 pesos. Remera de Gilda: 30 pesos. Gorrita de Mickey: 25 pesos. Campera azul de las tres tiras: 150 pesos. Buscar a cada momento el estribillo perfecto: no tiene precio. Para todo lo demás existe Leo García.

Remata cada palabra con un dibujo en el aire trazado por sus manos suaves. Detrás de alguna frase ingeniosa, los ojos –por momentos diminutos detrás del cristal- se sacuden como bolas de fliper. “En fin, soy un freak”, suelta y la ocurrencia es perseguida por una risotada que se sostiene en el aire el tiempo justo como para no incomodar al interlocutor y romper así con el clima de velas en el que reposará la charla.
El rock de pantalones rotos, remeras gastadas y cuentas bancarias obesas está siendo corrido de los reflectores principales por una camada de bandas cuyo impacto visual es casi tan importante como el fraseo de una guitarra. El fenómeno Miranda! y los multi-platinos Babasonicos son el reflejo fiel de esta movida de la que Leo García es la reina madre. “Rock FM”, dirá él, y ese es el concepto que atraviesa a Cuarto Creciente, su cuarto disco. “Invité a grabar al guitarrista de Los Piojos, a Gustavo Cerati, Leandro Fresco, a Lolo, el guitarrista de Miranda!: armé un combo con un grupo de amigos y quisimos hacer un rock como para La Aspen. También quise que me cerrara la idea de que soy un artista de diseño que tiene que vender discos: un artista pop. Aprendí a conocerme y a valorar mi talento. Como el título lo indica, es un cuarto creciente que abre puertas, que me está dando una nueva chance de poder llegar a los más alto”.
La canción Tesoro, de alta rotación en los medios, habla de no darle el gusto a los que lo “quieren ver muerto”. Una exageración que él se encarga de aclarar: “Es para cantarle a todos los boludos que nos molestan, es para la boludez. Estoy cantando junto con toda la gente que cree en mí a los que hablan al pedo, ‘a ver si nos entendemos’ dice la canción, ‘a ver si se dan cuentan quien soy’”. Justo cuando asoma por unos instantes la aburrida faceta del artista que exige reconocimiento y respeto –a esta altura ya un lugar común del rock-, Leo se despacha con una anécdota que desnuda su esencia: “La otra vez me llamó Natalia Oreiro –que es mi amiga- y me contó que al ser muy famosa se identificaba Tesoro. ‘No sabés como me acompaña esa canción’, me dijo”.

DISCO BOY
Los acontecimientos cruciales que moldearon su carrera trascurrieron en las discos de la Capital. En ese ambiente de luces histéricas y bombos en negra era una suerte de artista-relacionista público que buscaba desesperado los contactos necesarios para darle un empujón a Avant Press, su primera banda. Solía perseverar con la tozudez de las platinadas que sueñan con encabezar una revista de la avenida Corrientes. “Empezamos a tocar en El dorado, El Cielo, El Ángel, en esos lugares éramos la banda top. Yo cantaba con unos peinados terribles, como dice un tema de los Nerdkids, mi estilo era un free-pass”.
La obsesión estaba dando sus frutos: de la mano de Soda Stereo, en especial de Gustavo Cerati, su padrino artístico, Avant Press empezaba a sobresalir del under porteño. Pero el camino a la fama se bifurcó y recordar esa época le deja hoy un sabor agrio. “Nos separamos porque éramos muy jóvenes y no muy sanos. Vivíamos encerrados en nuestro mundo, muy tribu, y no supimos negociar con la discográfica Universal: ellos querían reeditar el disco que nos había producido Cerati y nosotros queríamos tocar otras cosas. Estábamos muy rebeldes sin causa, como James Dean (risotada). Hicimos un EP, Boutique, que es fantástico pero que el sello no editó porque quería que siguiéramos con la onda brit-pop. Eso nos desalentó mucho, porque habíamos puesto muchas expectativas”.
Por esos días en una fiesta un amigo se le acerca y le comenta que Soda Stereo había tocado un tema suyo en la primera noche del Festival Alternativo de 1996, en la cancha de Ferro. “Yo me quería desmayar, ni me lo había dicho Gustavo”, recuerda. Ante semejante apoyo, separarse fue un incordio, un acto demencial, pero no se arrepiente. “El oportunismo es algo que no funciona con el arte, entonces aprovechar el camino que nos había abierto Soda no hubiese sido inocente, y el arte debe estar impregnado de inocencia”, concluye.
No tuvo tiempo de elaborar el duelo porque Cerati lo recluyó en la banda con la que grabó Bocanada, cuya gira de presentación lo llevó por toda Latinoamérica.

GUITARRA Y VOS
Cuando Morrisey se escuchaba hasta en el temerario programa de las medianoches de Daniel Hadad -ese en que en plena crisis de 2002 el agorero de Antonio Laje pronosticaba un dólar a nueve pesos- todo el ambiente rockero estaba maravillado con el registro de Leo. Los recitales en los que se presentaba solamente acompañado por una criolla eran los más comentados en las revistas de rock, que pedían un cedé bajo ese formato. “Ese disco me lo vienen pidiendo desde hace muchísimo, quizás lo haga en vivo, pero por el momento me gusta que los discos sean producciones y que marquen tendencias, que tengan influencias televisivas, de internet, de la música del pasado. Suelo cantar con la guitarra y voy subiendo y mi show pasa a ser el de un trovador al de un DJ, que para mi es lo mismo: es un solo tipo que va con su valijita y que hace un show chamánico. Eso es lo que me gustaría lograr, ser un solista de verdad, estar solo. Pero también me atrae tener una banda, de hecho los chicos de Cuentos Borgeanos me ofrecieron ser mi banda y eso me parece un lujo. Cuando toque en un teatro o en un lugar bien establecido en Buenos Aires para poder cantarle a mi público, algunas canciones la podría hacer con ellos. Pero ya sea con un banda o solista, siempre vuelvo a lo electrónico: mi naturaleza es electrónica”.
(De repente un recuerdo acústico se le cruza por la mente y lo larga sin anestesia: “De chico gané un concurso de folclore en representación de Ledesma, Jujuy. También fui a Si lo sabe cante. Me llevaba mi mamá, ¡y nunca me seleccionaban! Cantaba con la guitarra un tema de Chico Novarro. No estuve incitado como para cantar, porque si hubiese estado estimulado pienso que hoy sería Justin Timberlake o Britney. Me hice solo, aunque no es un reproche para mi familia”.)
Leo puso en práctica este plan en el Pepsi Music y en el Gesell Rock, y la gente siempre se mostró respetuosa con la forma de tocar de Leo, que empieza sentadito con la guitarra y termina revoleando los brazos y saltando como un profesor de aeróbic anfetamínico. “No tengo ningún problema con el público de los festivales, siento que me quieren mucho. Inclusive ahí está la incógnita, ¿no? ¿Dónde está esa chispa que lo dirá todo en mi carrera? No siento que tenga un público determinado, no creo que haya un target para Leo García, para mí la palabra target no existe, es decir, existe para poder decir que no existe (risotada). Todo tipo de gente escucha mi música, desde chicos a gente mayor y de pibes que escuchan Ramones a Ricardo Iorio. O el bendito Pappo, a quien tuve la suerte de darle la mano y que me dijo que le gustaba cómo tocaba la guitarra, cómo cantaba en vivo”. El encuentro, por lo surrealista e hilarante, bien podría haber sido una escena de This is Spinal Tap. ¿Sabría Pappo que Leo escucha Britney Spears?

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