« Home | Cristina Zuker, una mirada sobre la contraofensiva... » | Estudios TNT. Julio Costa, 45 años junto al rock n... » | Madres de Plaza de Mayo: dos caminos, la misma luc... » | El dilema del Estadio "Único" Platense » | Número CUATRO - febrero 2006 » | Leo García » | Gabriel Schultz » | Marcela Pacheco, rebelde con causa » | Carnaval de ayer y de hoy » | Camino del Inca, el otro sendero »

Los hijos de la dictadura


Por Milena Marcovecchio

Gastón y Manuel Gonçalves son hermanos, pero se conocen desde hace sólo diez años. Reconstruyeron su historia con la poca información que le quedó a una sociedad diezmada por los militares.


“Cuando encontraron dónde vivía Manuel yo estaba de gira en España y me comuniqué con el antropólogo que se estaba ocupando de la búsqueda, el mensaje que me dio fue corto pero esperanzador: ‘Es re buen pibe, es fanático de Pericos y es de Boca’”. De esta manera Gastón Gonçalves, bajista de Los Pericos, comenzaba a juntar las piezas de su rompecabezas. Cuatro meses más tarde, a fines de 1995, abrazaría por primera vez a su hermano, Manuel Gonçalves.
La historia comenzó el mismo día en el que estalló el golpe militar del 24 de marzo de 1976, cuando Gastón Gonçalves padre fue detenido y automáticamente pasó a engrosar una estadística siniestra que con el tiempo llegaría a la suma de 30 mil desaparecidos. “Yo iba a cumplir siete años y manejar toda esa situación fue un plomo para mí, el hecho de no poder compartirlo con nadie fue bastante feo”, recuerda Gastón.

UN LARGO CAMINO A CASA
Los hermanos Gonçalves vivieron gran parte de sus vidas ignorando la existencia del otro. El bajista tenía 20 años cuando se enteró accidentalmente, a través de una tía, de que tenía un hermano producto de la unión de su padre -que ya estaba separado- con Ana María Granada, quién también fue asesinada a los 23 años por los militares. A partir de ese momento fue la abuela paterna y el Equipo Argentino de Antropología Forense quienes se encargaron de llevar adelante toda la investigación.
Finalmente Manuel fue encontrado, se llamaba Claudio Novoa (en diciembre pasado recibió la sentencia de un juicio de filiación que realizó para recuperar su nombre verdadero), y había sido adoptado por una familia de Guernica, localidad en la que vivió casi toda su infancia. Su situación de adoptado la conoció desde un principio y más de una vez se preguntó qué había pasado con su verdadera familia. “Creía que me habían abandonado, que no me querían, que habían muerto. Nunca pensaba que podía ser hijo de desaparecidos”, recuerda Manuel.
Su historia desde el primer momento estuvo cargada de misterio y sorpresa. Cuando la policía encuentra y asesina a su mamá en San Nicolás -lugar en el que tuvieron que ocultarse-, también muere un matrimonio con sus dos hijos bebés. Manuel fue el único sobreviviente, lo habían envuelto entre almohadones y estaba escondido en un placard. Luego de permanecer un tiempo en el Hospital San Felipe de esa ciudad, en febrero del ´77 fue dado en adopción.

SOY TU FAN
Como si fueran los capítulos de una película, el antropólogo que visitó a Manuel cuando tenía 19 años le dio los títulos de su historia: “Tu papá esta desaparecido, tenés una abuela, tenés un hermano que es músico... es uno de Los Pericos”. En ese momento él era un fiel seguidor de la banda, tenía varios cedés, así que tomó uno y por primera vez esa foto que tantas veces había visto desde otra óptica tomaba una dimensión nunca imaginada. “Fue muy raro que hayamos estado tantas veces juntos, que hayamos coincidido en algunos lugares y seguramente en otros tantos que no sabemos”, señala.
Tan raro fue todo que hay dos hechos precisos que Manuel recuerda con claridad: “Una vez trabajaba en una disco y ellos fueron a tocar, entré al camarín y estuvimos juntos en un lugar que era tan grande como un baño. Y la última vez que lo vi sin saber que era mi hermano, ellos tocaron en Mar del Plata. Yo había ido con unos amigos, estuvimos muy cerca del escenario y después hablé de él porque una parte del recital tocó en el suelo. Eso fue en el verano del´95, a fines de ese mismo año me encontraron”.
Sin dudas la historia tiene ribetes que superan cualquier ficción, pero ante esto Manuel asegura que siente cierta angustia: “Todos estos hechos en los que estuvimos cerca ahora a mí no me dejan tranquilo porque me hace pensar que todo el tiempo hay chicos que todavía no aparecieron y que te los estás cruzando, eso me desespera.”
Gastón lo observa. Se buscan permanentemente con las miradas, se sonríen. Llevan diez años juntos y son, como ellos dicen, “hermanos nuevos”. El día que se vieron por primera vez hablaron más de ocho horas seguidas y los encuentros siguientes fueron iguales. “Tenés que ponerte al día de cosas que si las hubieses vivido con tu hermano no tenés ni que preguntar: ‘¿Por qué tenés tal cicatriz? ¿Por qué tenés tal cosa?’. Pero por suerte somos muy afortunados de cómo resultó todo. De última fueron 19 años que no estuvimos juntos, pero desde que nos encontramos somos re felices. Más que lamentar lo que no hubo, agradezco lo que hay”, sintetiza Manuel con una seguridad casi inexplicable, ya que nunca necesitó hacer terapia para asimilar tanta carga emocional recibida de una sola vez.
Hoy, a 30 años de un proceso militar que dejó tantas historias como esta sin cerrar, la búsqueda para Gastón y Manuel no terminó. “Cada vez que aparece un nuevo nieto, los que ya pasamos por esa situación nos juntamos y organizamos un asado como bienvenida. Generalmente son reuniones muy divertidas, el humor es muy importarte para sobrellevar tanto horror”, asegura Gastón. De esta manera, los hermanos Gonçalves transitan un pasado sin olvido, un presente sin rencor y un futuro con justicia.