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Memoria del cacerolazo

Por Graciana Castelli

Murió durante la represión policial en
Plaza de Mayo el 20 de diciembre de 2001. A cuatro
años del ¡que se vayan todos!, la justicia todavía
no encontró a los responsables.

Fernando de la Rúa se equivocó tres veces al grabar el mensaje con el que instaló el estado de sitio. Quienes lo vieron cuentan que su hijo Antonio se le acercó y le dijo: “¡Levantá la cabeza! ¡Parecés un tipo al que lo molieron a palos! ¡Sos la imagen de la derrota!”. El 19 de diciembre de 2001 el país amaneció sacudido por los saqueos. Por la noche, un cacerolazo final sonó frente al Congreso. Mientras tanto, la televisión mostraba a un desorientado Presidente de la Nación que rezaba: “He declarado el estado de sitio en todo el territorio nacional. Conmino a los que están ejerciendo violencia a cesar en sus actos”.
Esa tarde Gastón Riva volvió a su casa en la moto que usaba para trabajar en la mensajería. Se bañó y salió a hacer el reparto de pizzas a domicilio. Cuando regresó le dijo a su esposa María: “¿Viste lo que es la calle? Toda la gente está con las cacerolas ¿Vamos?”. Pero el matrimonio se quedó porque sus tres hijos estaban durmiendo. Gastón miró un rato el noticiero y se acostó. Cerca de las dos de la madrugada María lo despertó para contarle: “¡Che, renunció Cavallo!”. Él le respondió: “¡Eh! Bueno, bueno…”, y siguió descansando. Fue lo último que se dijeron a la cara. Pasadas las 16.30 del 20 de diciembre, Riva, de 30 años, fue baleado en la esquina de Tacuarí y Avenida de Mayo durante la represión policial que cumplía con la orden de desalojar la Plaza copada por una revuelta popular que pedía a gritos “¡que se vayan todos!”. Más tarde, De la Rúa redactaba de puño y letra su renuncia. Ese mismo día también fueron asesinados en los alrededores del histórico escenario: Diego Lamagna, Carlos Almirón, Gustavo Benedetto y Alberto Márquez. Los muertos en todo el país fueron 34.
María Arena es la viuda de Gastón Riva. “Yo no sabía que él iba a ir a la plaza –recuerda- y supongo que él tampoco. Pero justo tuvo que llevar un sobre al centro con la moto y creo que decidió en ese momento lo que quería hacer. Me enteré que estaba ahí cuando lo vi en la tele”. Un cronista se lo anunció: “Acá se llevan a uno de los muertos”. Sus ojos lo confirmaron: “Era él. Lo reconocí por su ropa, sus zapatillas y su riñonera”. Existe un detenido que probablemente haya sido el autor material del asesinato del motoquero. “Hoy las pruebas que incriminan a este señor se están cayendo y es factible que salga en libertad”, lamenta su rostro. El personaje en cuestión se llama Víctor Belloni, un efectivo de la Policía Federal que en realidad está procesado por la tentativa de homicidio de Marcelo Braga, un sobreviviente del 20 de diciembre. “Él declaró que nunca disparó al cuerpo –cuenta indignada- pero hay filmaciones en las que incluso se lo ve eligiendo el blanco”. El problema es que en la causa una de las pericias presentadas por la defensa de Belloni indica que los videos ofrecidos como prueba están editados. Además las municiones usadas ese día –perdigones- se desarman en el aire y se hace difícil determinar el punto de partida del disparo. “Cuando tu abogado te dice que tiene pocas esperanzas de que este tipo quede detenido se te caen un montón de cosas a la mierda –explica Arena-. Me siento decepcionada. Pero no lo digo con rencor, simplemente me parece que hay cabos por atar y que nadie los quiere unir. No hay voluntad política”. Sobre la responsabilidad del gobierno actuante sentencia: “El responsable directo del Estado era De la Rúa, ahora que meta las excusas que quiera, pero fue él quien dio la orden de despejar la plaza y sabía que no iba a darse de manera pacífica”.
La crisis estructural que terminó con el gobierno de la Alianza generó un movimiento social inédito. En las calles se mezclaron las cacerolas de una clase media acorralada con los sectores más postergados de la sociedad. Cuatro años más tarde, sólo las tumbas urbanas ubicadas en distintos puntos del centro porteño y algunas asambleas populares sobrevivieron a lo que se gestó en aquellas jornadas. “Como hecho histórico y político no es olvidable. Lo que pasa es que al no haber una investigación profunda que diga quienes fueron los responsables para la gente se trata de un quilombo más”, asegura Arena. La última vez que ella participó de una manifestación por el 20 de diciembre fue en el 2003. Pero cuando vio que los heridos y los familiares de las víctimas tuvieron que pedirle permiso a los piqueteros para abrir el acto se dio cuenta de que algo andaba mal: “Fue humillante que ellos terminaran manejando algo que tendría que haber sido nuestro”. Hoy todavía mantiene contacto con varios de los protagonistas del “19 y 20” pero no quiere formar parte de ninguna organización: “Lo intentamos, pero la verdad se ensució mucho la cancha y no funcionó”.
María Arena está cansada y piensa que otro en su lugar “la hubiese peleado más”. Sin embargo aclara: “En mi casa nunca bajé los brazos. Si Gastón pudiera hablarme me diría: ‘peleá por los pibes y que los demás se caguen’. Es más reivindicativo para él que mis hijos crezcan sanos que cualquier otra cosa. Esa lucha nunca la voy a abandonar”.