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Omar Larrosa


Por Federico Amigo

Fiel exponente del fútbol lírico y amante del torneo nacional, el volante-delantero fue partícipe del emblemático Huracán‘73 y de la selección del ‘78. A poco de cumplirse un nuevo aniversario de la conquista argentina de la Copa del Mundo, repasa su extensa y prolífica carrera pletórica de títulos.

“¿Lo deja hasta las seis, jefe?”, pregunta el hombre del garaje mientras se sube a un Wolkswagen Gol. “Sí”, responde casi sin responder el dueño del coche y se va raudamente hacía su oficina sin saber quién manejará el volante de su auto. El hombre tiene algo más que un estacionamiento. Lleva a cuestas seis títulos futboleros -uno de ellos el Campeonato Mundial de 1978- y una historia (oficial) que conspira para mantenerlo lejos de la pelota. Omar Larrosa, mediocampista-delantero surgido de las inferiores Xeneixes, fue uno de los ilustres jugadores de los setentas, década dorada del fútbol nacional. Después quedó en la retina de los memoriosos y en el olvido de la vorágine mediática.
Triunfos y buen juego marcaron a fuego la carrera del entonces llamado ventilador, una suerte de posición antecesora al enganche. “Cuando uno quiere jugar al fútbol se va creando ilusiones. Hay distintas etapas. Cuando estás en inferiores querés ver cuándo llegás a primera, que parece imposible. A mí me tocó en Boca. Había figuras grandísimas. Pensaba: ‘Cuándo voy a poder estar ahí’”, rememora Larrosa a propósito de sus comienzos Azul y Oro. Allí consiguió su primera corona: el Nacional de 1970 con un equipo conformado por Antonio Roma, Rubén Chapa Suñé, Norberto Madurga y Ángel Rojas, entre otros.

HACER LA AMÉRICA
Para la mayoría de los jugadores actuales irse al exterior significa dar un salto cualitativo y conseguir un resguardo monetario a largo plazo. Con unos pocos minutos en primera, los futbolistas piensan en hacer la Europa. En cambio, Larrosa siempre tuvo claro que la Argentina era su única casa. “En Guatemala podía jugar seis meses y volver. Entonces decidí firmar ahí. Sabía que volvía. Fui goleador, salimos campeones y me querían retener, pero quería venirme para acá. Tenía en mente venir, quería hacer más cosas en el país.” En 1971 Boca lo dejó en libertad de acción y Omar se fue al guatemalteco Comunicaciones. Tras la Copa Mundial ‘78 retornaron a tentarlo desde Brasil para que abandonara su tierra natal: “No me quise ir. No se pensaba tanto en hacer una diferencia económica. Me gustaba como estaba acá, ya tenía dos hijas y vivíamos bien”.
Unos años antes había formado parte de uno de los conjuntos más recordados por la corriente lírica del fútbol. El Huracán del metro 73 de César Luis Menotti supo construir un consenso, que lo erigió como uno de los grandes equipos nacionales merced a, como diría Fontanarrosa, las tres G: ganar, gustar y golear. “Era un equipo bárbaro con un muy buen fútbol. Fue una campaña brillante. Juntó una delantera tremenda: (René) Houseman era un loco que ni él sabía que iba a hacer e inventaba en la marcha jugadas geniales; (Miguel Ángel) Brindisi era un jugador con una dinámica bárbara y mucho gol; (Roque) Avallay, en el minuto 90, te metía un pique más, era ligerísimo y se acoplaba al juego asociado; (Carlos) Babington era el que tenía la estrategia, el que pensaba; yo, que jugaba de once, le daba ritmo y colaboraba en la salida con Babington.”
Larrosa también juega con su memoria y recuerda una anécdota hoy tristemente irrepetible e inimaginable: “Fuimos a Rosario y ganamos 5 a 0. El primer tiempo terminó 3 a 0 y cuando nos íbamos para el vestuario toda la gente se paró para aplaudirnos”. Además del despliegue y el diálogo constante con la pelota, Omar se consolidó en El Globo, atípicamente, como goleador con ¿15 goles? No, tres décadas después el volante-delantero asegura que consiguió uno más. “Hice 16. Hubo uno que salté con Avallay y como él salió gritándolo todo el periodismo se lo dio. Pero detrás de él cabeceé yo”, confiesa.
El 25 de junio de 1978 la Selección Argentina logró su primer Campeonato Mundial inmerso en la más feroz y cruenta dictadura militar. Bajo la consigna Derechos y humanos, los terroristas de Estado intentaron ocultar un presente inocultable y utilizaron a la Copa como momento máximo de captación de una sociedad, en su mayoría, cegada (por propia elección) ante los secuestros, las torturas y las desapariciones masivas. Sin embargo, con el paso de los años quedó impregnada en el seno de la población aquella idea de que el mundial lo ganaron los militares, un lema tan polémico como discutible. “Lo ganamos en la cancha”, asevera Larrosa. Y algo de lógica conlleva. En esa selección Ubaldo Matildo Fillol, Daniel Alberto Passarella, Américo Rubén Gallego, Mario Alberto Kempes, René Houseman y Leopoldo Jacinto Luque, sólo por nombrar algunos, hacían meritorio el laurel, allende del peso de la triple fuerza castrense.
“Siempre les digo a los jugadores que es tan importante el 1 como el 23. Yo me preparaba como si fuera a jugar al otro partido, y pasaba el encuentro y no jugaba”, relata Larrosa. Pero el Mundial le guardaba un lugar de privilegio. Antes del cuestionado partido con Perú, Osvaldo Ardiles se lesionó y al ex Huracán le llegó el momento: fue titular y figura frente a los peruanos. Aunque luego sólo entraría en el triunfo y la consagración final contra Holanda. “Fue el día máximo, el que esperaba. Es un sueño que está en un montón de pibes, pero que a muy pocos se nos da. En 100 años de fútbol, en un país de brillantes jugadores, nos tocó a 43 ser los campeones del mundo.”

PRESENTE
En 1981 había llegado a San Lorenzo con la expectativa intacta de seguir peleando torneos, pero se encontró con un panorama que nunca hubiera imaginado. “Fue lo más feo que me tocó vivir en la carrera –cuenta el multicampeón-. Había inconvenientes permanentes. Teníamos más reuniones para hablar de los sueldos que no se pagaban que de los partidos mismos. Del plantel, los cuatro o cinco más grandes podíamos soportar no cobrar unos meses. Pero otros muchachos no, vivían al día. Ese año no quise seguir jugando. Tenía 34. No me cayó bien el descenso y pensé que no me iban a contratar equipos grandes, sino los que estaban de mitad de tabla para abajo. No quería vivir la misma situación y me retiré.” A pesar del último traspié, Larrosa sabe que un manchón no ensucia toda una etapa pletórica de gloria. “El diez por ciento del 100 no va a hacer mella de todo el resto, que fue muy bueno. Estoy satisfecho con todo lo que me pasó, incluido lo de San Lorenzo.”
A poco de partir rumbo a Alemania, los campeones mundiales del ‘78 y del ‘86 despidieron al seleccionado de José Pekerman en el Monumental. Entre ellos estuvo Larrosa, quien reconoce que fue un reconocimiento para todos: “Argentina está donde está por esos dos títulos”. Este año vivirá su segundo Mundial en el lugar del hecho, pero fuera de las canchas. En España ‘82 fue invitado al partido inaugural, entre la Argentina y Bélgica, y le tocó compartir cartel con algunos desconocidos muchachos. “Salí a la cancha con Beckenbauhuer, Bobby Charlton, Carlos Alberto y algunos más”, cuenta a la pasada.
A pesar de no dirigir hace más de un año y medio -su última travesía fue por el Selangor de la exótica liga de Malasia- salvaguarda la simple esencia futbolera. Su boca escupe palabras que lo devuelven a los setentas y lo depositan en el verde césped que lo vio jugar. “Nosotros nos quedábamos como una hora pateando después de los entrenamientos. Pegándole a un lado, al otro, tiro libre, de chanfle, neto, seco. Venía el técnico y nos decía: ‘Basta, van a estar cansados para mañana’, y nos sacaba la pelota.”

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