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Sobreviviente de la Guerra de Vietnam


Por Lucía Turco


Vivió su infancia y adolescencia protegiéndose de los ataques norteamericanos. Cuando su país logró la independencia, viajó a La Habana, donde estudió Humanidades durante cinco años. Hoy es Corresponsal Jefe de la Agencia Vietnamita de Noticias en la Argentina y ha recorrido el mundo.

Hay sombreros y sombreros. Hoa Dang Viet habla de dos tipos que los vietnamitas conocen muy bien: los de junco, que usan históricamente para cuidarse del sol, y los de paja de arroz, más resistentes, que implementaron durante los años que duró la invasión norteamericana para protegerse de las bombas de balines. Entre 1965 y 1975, uno de estos últimos al ras del suelo en tierra vietnamita, tranquilamente podría ser Hoa, resguardándose de los ataques extranjeros. Una de las maneras de refugiarse era meterse en un pozo individual, hecho para ese fin en varios puntos de las ciudades, y taparse con el sombrero.
Hoa es Corresponsal Jefe de la Agencia Vietnamita de Noticias en Argentina. Nació en
Nam-dinh, a 90 kilómetros de Hanoi -en el Norte de Vietnam-, y tras una infancia signada por el peligro de muerte a la orden de los ataques norteamericanos, es de la primera generación enviada por el gobierno de su país a estudiar al extranjero.

INDEPENDENCIAS
Al mismo tiempo que concluía la guerra, Hoa terminaba la preparatoria. Con 20 años, llegó a la Facultad de Filología de la Universidad de La Habana, donde aprendió español y estudió Humanidades durante cinco años. Quería ser arquitecto, pero su país no necesitaba profesionales en arquitectura en ese momento. “No me gustaban las ciencias sociales, pero por la necesidad de trabajo fui orientándome hacia esa carrera”. Asegura no lamentarlo. “El periodismo es una profesión muy bonita y de grandes aventuras, uno puede opinar de lo que pasa en el mundo, viajar, observar, leer mucho, y conversar con gente muy diferente, lo que te permite ver la vida desde infinitos puntos de vista”.
Sirve té verde y ofrece azúcar, porque sabe que a los occidentales a veces les resulta amargo. Vive en el piso 13 de una torre de Belgrano, donde funciona la agencia de noticias. Desde el balcón, una vista panorámica de la ciudad deja ver el Río de la Plata, bien lejos de las aguas del mar de China, que baña las costas de su República Socialista de Vietnam. “Se extrañan los amigos y la familia, aunque ya a mi edad no tanto”. Tiene 50 años y asegura que no practica ningún rito de relajación, lo que podría explicar su apariencia joven.
Le gusta la Argentina. Había tenido noticias sobre el país a través de algunos compañeros de estudio argentinos en La Habana. “Tienen mujeres bonitas, buenos vinos, buenos futbolistas, grandes extensiones y poca gente”. Así resume su apreciación. Aunque también le llaman la atención tantos campos desolados sin gente trabajando, “que haya tierras desaprovechadas y gente que pasa hambre es algo que no se entiende”. Y se entiende que no lo comprenda. En su país son más de 80 millones en una superficie equivalente a la de la provincia de Buenos Aires y en pocos años pasaron de importar alimentos a convertirse en segundos exportadores mundiales de arroz.
Cuando comenzaron los ataques, Hoa tenía 10 años. Asistía a la escuela con su sombrero más resistente y un botiquín de primeros auxilios. Ese era el equipaje obligado de todos los estudiantes. “Nos enseñaron a hacer primeros auxilios entre nosotros y a descender a las zanjas subterráneas que se comunicaban entre sí y tenían salida al exterior”. Las aulas estaban sobre tierra pero existían subsuelos para refugiarse en caso de alarma de bomba. “En ese momento no entendíamos mucho el significado de la guerra, pero comprendíamos que era necesario protegerse y seguir estudiando en esas condiciones. Luego de esas experiencias, uno crece y entiende el significado de la vida”. Recuerda también otras estrategias: zanjas intercomunicadas bajo tierra y refugios de tipo letra A, que eran los más comunes y consistían en un esqueleto fuerte de bambú revestido de fango.
Tuvo suerte de ser pequeño. Dos de sus hermanos mayores fueron amputados combatiendo en la guerra. Hoy viven en Vietnam y trabajan en los campos de arroz con sus familias. Un trago bastante amargo, que le da la razón a Hoa, congenia con la historia. El té verde es el verdadero, bien diferente al que viene en saquitos y, desprovisto de azúcar, tiene el gusto seco y amargo que tiene a veces la versión más genuina de las cosas. “La vida era muy dura y nos dio muchas lecciones. Ahora podemos verla con más claridad y valorar todo lo que tenemos hoy”.

REFUGIOS POR EL MUNDO
Cuando terminó sus estudios en Cuba, Hoa fue convocado por el gobierno para trabajar en la Agencia de Noticias en Vietnam. Luego, lo enviaron como corresponsal a México, a Cuba y después, a la Argentina. Desde la primera vez que salió de su país, ha viajado por todo el mundo: Rusia, Francia, Australia, México, Cuba y Guatemala son los países que más recuerda. Si tiene que elegir uno, se queda con Cuba. “Tiene playas muy bonitas y su gente te trata como si te conociera de toda la vida”. Además, si hace historia recuerda el apoyo que el gobierno de la isla le brindó a su país durante la guerra y una vez finalizada.
Desde Argentina, la agencia cubren las noticias de toda América del Sur. Se envían entre cinco y siete informaciones por día. “Por profesión siempre hago notas de política, pero prefiero escribir sobre las costumbres de la gente y su cultura, que son muy interesantes en la Argentina”. Trabaja junto a su sobrino y colega Nam, recién llegado de Cuba, donde estudió Humanidades enviado por el gobierno, al igual que él.
En la época en que se imaginaba arquitecto y la liberación aún no llegaba, Hoa no era amante de la lectura. Pero en sus años de estudio en La Habana, descubrió la literatura latinoamericana y ahora es fanático de los cuentos cortos. Ha leído a Julio Cortázar, Mario Benedetti, Gabriel García Márquez, Juan Rulfo y Alejo Carpentier. “Aquí no he encontrado literatura vietnamita, sólo se traduce al inglés y al francés”.
Detrás de la puerta de entrada a la casa, un afiche alargado enumera Las 14 Enseñanzas de Buda, que sostienen que el mayor enemigo de una persona es uno mismo y la mayor derrota, la autosuficiencia; entre otros mandatos. Sin embargo, confiesa: “Somos casi ateos”.
Para él, Vietnam no es símbolo de la derrota norteamericana, sino de la lucha de un pueblo por su independencia que hoy “quiere ser amigo de todos los países del mundo, incluso de los que han sido sus enemigos”.
A un paso de la puerta, hay una seguidilla de zapatos sobre una alfombra. Unas sandalias con taco indican que también hay una mujer en la casa. Es la hija de Hoa, que vino a estudiar Ciencias Sociales a la Universidad de Buenos Aires, siguiendo los pasos de su padre.

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