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Juan Martín "Látigo" Coggi


Por Ariel Jonte


El tres veces Campeón del Mundo hace un repaso de su vida boxística. La humilde adolescencia, la gloria, el intento de secuestro de uno de sus hijos y la sensación amarga de estar debajo de un ring después de 21 años de carrera.


Un nuevo paro de transportes públicos atormentaba a la cuidad. Aquella vez, la mayoría de las líneas de colectivos sólo cumplían con el servicio mínimo, y las calles de Buenos Aires se veían inundadas por miles de pasajeros a la deriva. Todos los medios salieron a cubrir el caos.
Constitución, ese punto de referencia para una gran masa de personas que llega a la Capital desde distintos puntos de la provincia, fue testigo de uno de los pecados que seguramente el pecador no supo que lo estaba cometiendo. La parada estaba repleta de gente esperando a que el bondi se acercara tras una larga espera, para ponerlos en sus destinos. La periodista se acercaba preguntando cómo repercutía en ellos la decisión que había tomado el gremio de transportes.
Pero había alguien, entre todos los que estaban allí, que pasaba desapercibido. Alguien que respondió al pedido de la movilera y, con una tenue sonrisa, se subió al colectivo. De repente la conductora del noticiero esgrimió: “Es Coggi, fijate si te podés subir al micro”. Fue inútil. El chofer ya había puesto primera.
“Ese día me llamó mi mujer al celular para decirme que me estaba siguiendo una mina. Me asusté porque ella estaba en Quilmes y yo en Constitución. ¿A esta loca qué le pasa? Cuando me di vuelta vi la cámara. Pobre piba, la mataron y no tenía porqué conocerme. ¿Quién puede pensar que alguien que fue Campeón del Mundo puede viajar en colectivo?”
La sonrisa que aquella vez fue tímida, ilumina la cara de Juan Martín Látigo Coggi -triple Corona Mundial de la categoría Welter Juniors- al recordar la anécdota en un
café del centro porteño, tras culminar otra jornada como entrenador de boxeadores.
El 29 de mayo de 1999 sus oídos escucharon, por última vez arriba de un ring, los campanazos que marcaron el final de la pelea. Caía por puntos ante el italiano Michele Piccirillo. El título Welter de la Unión Mundial de Boxeo no quedaba a su nombre pero Látigo conseguía lo que ningún boxeador argentino había logrado hasta el momento: la disputa de 17 peleas en campeonatos mundiales.
El golpe fue, y todavía hoy lo es, más fuerte que aquellos que propició a sus rivales para conseguir los objetivos: “Todavía no pude superar el retiro. Son las cuatro de la mañana y camino por mi casa. Uno vive con la adrenalina a mil por hora, y de golpe te la bajan a cero. Te dicen que te jubilaste”. La mente a veces juega imágenes siniestras. La vida, si
bien continúa, parece anteponer sobre el presente aquello que alguna vez fue. Una infancia humilde y dura en Brandsen, que le cargó a cuestas una mochila de responsabilidades tras la muerte de su padre. Y la perseverancia para entrenar y poder salir a flote del lodo que lleva a desear que salga el sol para no sentir el frío de la noche. Un chasquido y todo se da vueltas.
Ya no hay carros en el campo ni vacas que ordeñar. Si bien queda el recuerdo, la cabeza está en ese rival que lo espera en Ribera o en Miami. La cima, a tan sólo un par de rounds. Y el nombre en lo más alto. De golpe un chasquido y todo se da vueltas. “No encuentro mi lugar. Si bien ahora enseño boxeo, la adrenalina la sienten ellos, los que están arriba del ring.”
La decisión no fue fácil. Ser entrenador es, en parte, ser dueño del destino del púgil. Boxeando la mente le ordenaba que sólo debía rendirse si el rival lo mataba, quizás Santos Zacarías o Ubaldo Sacco –los dos entrenadores más extraordinarios que tuvo- debieron contener alguna vez esa sensación cuando el campeón no aceptaba el pedido de parar la pelea.
Ahora es él quien está al costado del ring observando. Conoce muy bien el riesgo de esta profesión: “Ahora puedo expresar lo que aprendí. Es una decisión jodida porque no puedo devolver un pedazo de carne”. Ahora es él, también, quien está al costado del ring, y no el que lloraba al finalizar cada pelea.
¿Quién no recuerda a aquel pibe de larga cabellera rubia que tras finalizar cada velada subía al escenario a abrazar a su padre? Ese pibe lleva el mismo nombre de quien le dio la vida. Ese pibe quiere dejar la misma impronta que su padre. Lleva un invicto de siete peleas profesionales de las cuales noqueó en cinco, y ahora es Látigo quien sube a abrazarlo al finalizar cada pelea. “El guacho me traicionó como sirvienta. Me decía que no iba a boxear y después me enteré que tenía como sparring a Oscar López. Empecé a enseñar boxeo por él.” No lo culpa por la elección, sabe que aquel silencio piadoso fue obligado por la fuerte figura que él representa como padre.

GOLPES BAJOS
Látigo Coggi no fue de esa clase de boxeadores que desperdició su dinero. Supo invertirlo en propiedades, empresas y el campo. Lo que no sabía es que muchos invertían en él. La seguridad se hace plena para desmentir algunos rumores del mundo boxístico que aseguran que El Negro Rivero, quien formó parte del cuerpo técnico que lo entrenaba, le cagó plata.
“Él no fue. Rivero es un hermano que yo elegí. Fueron amigos a los que les di laburo en la empresa de camiones que tenía y que después me hicieron juicios.” Pero no sólo fueron sus amigos a los que él les atribuye la perdida de dinero: “El gobierno de Eduardo Duhalde me cagó. No me pagó la pelea con Frankie Randall que armó, y me hizo rebotar cinco cheques en Brandsen. Me metió en el veraz”.
Las vueltas que la cuchara da en la taza de café no paran al recordar cómo es que “no te dejan ser alguien sobresaliente en la Argentina”. De repente la mirada se fija en un punto y su mano deja de marear la infusión.
“Tuve un intento de secuestro de mi hijo Martín. Vendí todo y presenté la quiebra porque no hay plata en el mundo que pague la vida de ellos-también tiene una hija-. Uno de los secuestradores se arrepintió porque nos conocía, y no le hubiese quedado otra que asesinarlo. Después a él lo mataron en el barrio Churrascos de La Plata. Estuve un año y dos meses custodiado por cuatro tipos, y un mes guardado en Chapadmalal. Están las pruebas pero no se pudo hacer nada porque, gracias a Dios, el secuestro no se llevó a cabo.”

EL MEJOR TÍTULO
Creció padeciendo la rudeza de la calle. Esa que te lleva a retener un llanto para no sentir vergüenza. Se formó ignorando el dolor en su cuerpo ante cada entrenamiento.
Pudo “ser alguien y dejar de ser visto como un negrito” por un sector de la sociedad mejor posicionada. Ascender. Tener un nombre.
Pelear en otras provincias y transformarse en el representante de Brandsen. Boxear en el extranjero y ser el embajador argentino. Cantar el himno y “jurar sinceramente que vas a morir con gloria porque hay millones de argentinos que te están mirando”. El cinturón de Campeón Mundial entre las manos.
La fama, los flashes y las mujeres. Esas que jamás imaginó y que de un día para el otro lo convirtieron en “el más lindo con toda la cara hinchada”. La familia cerca en cada gira. Y buenas valijas llenas de dólares.
Los pies sobre la tierra aún siendo campeón. Aunque se embarren los pies: “Durante dos mañanas no salí a entrenar porque estaba lloviendo. Me puse a pensar que era un
pelotudo. Tenía ropa que me patrocinaba y un equipo médico detrás de mí, y me estaba quedando en mi casa. A los 13 años no tenía ropa de lluvia. Andaba con las zapatillas que regalaba Evita y si me enfermaba no tenía ni para una aspirina. Salí a correr. Me di cuenta de que todo se gana con esfuerzo”.
Ese fue Látigo, el que no se mareó con la fama.
Este es Coggí, el que nunca se olvidó quién fue. El que retuvo y defendió seis veces la Corona Mundial en un mismo año. El que se está yendo, perdiéndose entre la gente, para tomar el colectivo.

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EL LATIGO ES UN EJEMPLO DE DEPORTISTAS QUE NO SE LA
´CREYERON¨. SIENDO CAMPEON IBA A LA POPULAR EN LA BOMBONERA. DIOS QUIERA QUE LOGRE CONSAGRAR A SU HIJO COMO CAMPEON Y PUEDA EN BASE A SU EXPERIENCIA INVERTIR LO GANADO PARA TENER LA VIDA QUE SE MERECE, LA DE UN CAMPEON . LASTIMA QUE EN ESTE PAIS NO SE RECONOZCA A LOS GRANDES SINO HASTA SU MUERTE.

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