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Leandro Erlich



Por Malena Higashi

Es artista plástico y triunfa desde hace años en Francia, Estados Unidos y Japón. Sus instalaciones replantean la funcionalidad de los espacios, e invitan al espectador a participar de ellas en un juego que finalmente siempre revela una sorpresa.


Hay varias realidades. La que efectivamente conocemos y, por ejemplo, la que propone con su obra el artista plástico Leandro Erlich. Allí uno puede meterse adentro de una pileta sin mojarse, perderse en el juego de una escalera que no baja ni sube, o tratar de encontrar su propio reflejo en un espejo inservible. Todas esas son situaciones que ocurren en los espacios que crea, un mundo regido por lo lúdico, la interacción y, como dirá él más tarde, la magia.
En las obras de Erlich se cuestiona la funcionalidad de objetos y espacios. “En el caso de los primeros objetos, un ascensor o puertas, por ejemplo, se trataba de espacios que hacían referencia a lugares que uno utiliza, en los que vive o transita, y con los que interactúa pero que no están cargados de ninguna especial reflexión. Entonces se trataba de acentuar la experiencia cotidiana en esos espacios. Por ser ordinarios, la idea de lo real se plasma en ellos de una manera muy fuerte”, explica.

TRUCO REVELADO
El contraste entre lo real y lo irreal genera cierta tensión que descoloca a aquel que ve su obra. Para el artista esta sensación se produce cuando se aplica un efecto de irrealidad en algo cotidiano. Él habla de la construcción de algo ficticio basándose en elementos de la cotidianeidad, y dice que eso genera sorpresa. En algún sentido Erlich es un trasgresor porque burla la percepción ordinaria de cosas que se dan por sentadas. Su juego consiste en quebrar la idea de la realidad tal como la entendemos.
No hay secretos detrás de su trabajo. “El truco está ahí para ser descubierto”, aclara. “Cuando mejor funciona el efecto en las obras es cuando uno puede convivir con esa ficción y al mismo tiempo estar sujeto a vivir en el engaño.” Enseguida compara su trabajo con el de un mago. Erlich dice que en su obra hay mucho de trucos de magia. Pero el anhelo para el mago es no revelar el truco, eso es lo que genera fascinación. En cambio en su obra, que el espectador tenga la posibilidad de entender el artificio, es una parte importante porque es la manera de abrir el juego.
A su vez, ese público supera la instancia de contemplación de una obra porque interactúa con ella. “La obra es prácticamente un escenario para un juego en donde el espectador es actor de su propia experiencia, es como si fuese al mismo tiempo actor, director, guionista, e intérprete de la obra”, sintetiza.
Erlich vuelve una y otra vez sobre el tema del truco a medida que reflexiona sobre su trabajo: “Más allá del artificio, la obra tiene que ver con la idea de disparar la interacción, de seducir al espectador. Me interesa ir encontrando ideas metafóricas que la gente pueda interpretar en su experiencia”. En ese sentido no busca dar su propia interpretación de lo que aquello genera. Respeta “el espacio del arte donde las cosas necesitan ser interpretadas”. Genera pequeños escenarios que tienen referencias simbólicas sobre aquello que le preocupa.

EL CAMINO DEL ARTISTA
Un día se le ocurrió. Era una obra imposible, un espejo líquido de mercurio. Pero al tratarse de una sustancia toxica y difícil de manejar tuvo que abandonar la idea. Otra fue un obelisco que iba a montarse en el barrio de La Boca, una iniciativa que surgió gracias a una beca de la Fundación Antorchas. Después de un año de entera dedicación, Erlich se dio cuenta de que sus intereses y su posición con respecto al arte habían cambiado completamente. Para esa época tenía 21 años y toda una trayectoria por delante.
Más allá de esos proyectos que no fueron, Erlich aclara que en el proceso de gestación de una obra siempre está considerada su posibilidad de realización. Y recuerda otro trabajo que, si bien parecía simple, le resultó complicado. Se llamó Piedras, y a primera vista recreaba un jardín zen. La particularidad: un hombre invisible violaba ese espacio caminando sobre esa superficie que, según la filosofía oriental, no se puede pisar. “Para esa obra hubo mucho trabajo, pero me pareció que si el hombre había llegado a la luna esto no podía ser imposible.” Y con esa insistencia generó un mecanismo en el cual cada huella tenía una cajita, que a su vez estaba activada por un comando que hacía que unos motores succionaran las piedritas hacia abajo.
Si hay algo que Erlich ve como determinante en su carrera es el hecho de haber crecido en una familia de arquitectos. “La arquitectura me resulta un tema interesante, pero no desde el punto de vista del diseño funcional, sino desde el punto de vista de las vivencias. Hay una parte artística y otra parte sujeta a lo funcional, y el arte es un lugar en donde esa funcionalidad deja de existir”, reflexiona.
A los 15 años ya había tomado una decisión: iba a ser artista. Estudió Bellas Artes durante un año y terminó dejando para hacer materias de Filosofía e Historia del Arte, en la Universidad de Buenos Aires. Todo eso fue un complemento para su actividad artística: primero empezó pintando, más tarde se interesó por la construcción de objetos y esculturas, hasta que hizo su primera instalación, El ascensor.

HERE, THERE AND EVERYWHERE
Casi no hay rastros de Erlich en galerías o exposiciones locales en los últimos años. Es que en 1997 se fue becado a Houston, y así dejó su Buenos Aires natal para repartir su tiempo entre Estados Unidos y Francia. Hoy tiene dos casas, una en París y la otra en Buenos Aires, a la que regresó después de mucho tiempo. “Estar acá no merece demasiada explicación, es de donde soy, donde está mi familia y donde imagino mi futuro más allá del arte”, comenta. En París, su otro hogar, fue muy bien recibido y de hecho está nominado para uno de los premios más importantes en el ámbito del arte, el Marcel Duchamp: “Esto da una pauta del nivel de inserción que llegué a tener allá, producto de la simpatía que generó mi obra”.
Hoy Erlich tiene 33 años y su nombre es bien conocido en territorio extranjero: Tokio, Nueva York y Roma son algunas de las ciudades que pisó fuerte. Arrancó el año con una muestra en el Museo de Arte Contemporáneo de Roma, y también participó de una exposición colectiva en el Palais de Tokyo de París. Para lo que resta del año tiene pautadas muestras en una trienal en Japón, durante julio, otra en Miami, en septiembre, y para octubre espera el veredicto del jurado de la Foire Internationale d' Art Contemporain (Feria Internacional de Arte Contemporáneo) en la que se otorga el premio Marcel Duchamp. ¿Cuáles son los nuevos trucos con los que sorprenderá esta vez? “¡Top secret!”, responde sin lugar a más detalles.


CURRÍCULUM EXPRES

En 2002, Leandro Erlich recibió el premio Konex a las artes visuales. El galardón contemplaba su trabajo durante una década, y para ese entonces ya había participado en más de tres muestras grupales, ocho individuales en galerías locales y también otras en Nueva York y París. El año pasado, en la 51° Bienal de Venecia, Erlich sorprendió con La vista, una serie de maquetas de ventanas a escala en las que se veían imágenes grabadas en formato devedé, que mostraban diferentes actividades dentro de un mismo edificio: en un piso había una persona haciendo pesas, en otro un artista, quizá, pintando un desnudo, y en otro un grupo de personas en una fiesta. Este año, en el Museo de Arte Contemporáneo de Roma presentó Doors –puertas por las que se entrevé una luz pero que al abrirlas se encuentra un espacio oscuro y vacío-, The staircase –la escalera que no sube ni baja-, y Broken mirror –un baño en el que se supone que debe haber un espejo justo arriba del lavatorio, pero en realidad hay un agujero-.

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