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Martín Caparrós



Por Gabriel Pérez

Recorrió buena parte del mundo y lo reflejó en varias crónicas, pero nunca había viajado por la Argentina. Hasta ahora. De ese largo viaje acompañado por un bolso en el baúl del auto, y de la historia reciente, habla el autor de ‘Valfierno’.


“Lo que yo te iba a preguntar es si será necesario hablar mucho más rato de los años setentas, porque la verdad no es un tema que me interese hoy. Me incomoda que se hable tanto de esa época, porque me parece que es una manera de no hablar, o de hablar falazmente del presente, y a mí lo que me interesa es básicamente el presente y el futuro. Por supuesto que eso no significa olvidar nada y dejar de lado la historia, pero es historia y hay cosas infinitamente más urgentes. Entonces, si tenemos un rato para charlar, no lo hagamos sobre aquellos años porque me parece una pérdida de tiempo. Y lo digo on the record: es mi opinión sobre esto.” Quien dice estas palabras luego de aguantar sosegado –de la misma manera que Spinetta cuando algún trasnochado consuetudinario le pide Muchacha ojos de papel- la batería de preguntas monocordes es Martín Caparrós, autor, entre otros tantos libros, de La voluntad, obra generalmente acompañada por los adjetivos monumental, colosal, que trata sobre la militancia revolucionaria de los sesentas y setentas, y que fue co-escrita con el periodista Eduardo Anguita. Antes de invitar a cambiar de tema, Caparrós dejó algunas frases muy interesantes sobre ese período del que fue protagonista, primero como militante, y después como escritor:
- “No puedo jactarme de todo lo que me enseñó Rodolfo Walsh como jefe porque en realidad era un jefe muy poco presente. Si aprendí algo de Walsh fue leyéndolo, no en ese contacto, que no era fluido, porque él tampoco estaba en los cierres de la sección, cerrábamos los que estábamos ahí. Tenía su oficinita y de vez en cuando me decía algo, pero no era la relación directa que uno suele tener con un director.” (Sobre su relación con el autor de Esa mujer, uno de los mejores cuentos argentinos para Caparrós, en la redacción de Noticias, la revista de los Montoneros.)
- “Bueno, vaya a saber qué culpa tiene él, yo no tengo ninguna. Nunca estuve de acuerdo con aquella frase que se dijo tantas veces de que ‘se murieron los mejores’. Se murieron los que tuvieron mala suerte, o lo que fuera. Seguramente en algunas cosas eran mejores que el resto y en otras peores, pero como individuos no eran una categoría, ‘los mejores’. Eran gente como vos, como yo. Algunos, ya te digo, tuvieron menos suerte, menos imaginación para pensar una vida que no fuera la que estaban haciendo, o tuvieron más empecinamiento para seguir adelante con algo que ya no parecía viable. Yo no tengo ninguna culpa por eso, lo siento si Bonasso la tiene.” (A propósito de la frase que Miguel Bonasso escribe en Diario de un clandestino: ‘El diálogo del sobreviviente será siempre un diálogo de culpa con los compañeros desaparecidos’.)
- “Volví a contactarme con Montoneros en la segunda parte del ‘76. Estuve un tiempo más con ellos, pero me daba mucha vergüenza las cosas que leía en documentos que decía Firmenich, en documentos que yo mismo a veces tenía que traducir. Cuando hablaba de los hombres y las mujeres que estaban matando en la Argentina y los contaba como bajas lógicas que estaban dentro de lo calculado, y que no eran más de las que se preveían.” (Sobre su exilio en Francia, donde se doctoró en Historia en la Sorbona.)

EN EL NOMBRE DEL PADRE
Los tres tomos de La voluntad fueron editados inicialmente entre 1997 y 1998; este año hubo un relanzamiento en una caja de cinco tomos en tamaño bolsillo. En el medio, –“lo que me interesa es básicamente el presente y el futuro”- la huída de Fernando de la Rúa y la llegada al poder oportuna del aparato bonaerense, ganador del campeonato de medición de pijas del Partido Justicialista, motivaron a Caparrós a elaborar Qué país, un libro que resume el pensamiento de los actores sociales pos diciembre 2001. Cinco años después, es tiempo de análisis: “Lo que constato es que volvimos a algo muy parecido a lo anterior. Lo más interesante de lo que pasó en 2001, 2002, fue que los argentinos dejamos de creer en que había que esperar a que papá político o papá periodista, o papá juez, hiciera las cosas, y que las cosas teníamos que hacerlas nosotros. Durante unos meses se produjo esa ebullición de cómo lograrlo sin esas mediaciones paternales. Pero como me parece que somos impacientes y caprichosos, al cabo de seis meses decidimos que no podíamos hacer nada, y se plantó ahí en los televisores la figura de un papá potable, que es este muchacho Kirchner, y rápidamente dijimos ‘qué suerte, papá volvió a casa’, y entonces ahora estamos otra vez en la misma situación que estábamos en 2000 cuando creíamos que se iban a hacer los deberes por nosotros. Papá siempre hace los deberes que le convienen a él, no a nosotros, tiene sus objetivos e intereses y va a trabajar en pos de ellos. Me parece que si hay algo que es interesante en esta época de desconcierto es que nadie cree en las soluciones políticas tradicionales, ya sean de los partidos políticos llamados burgueses o revolucionarios. Pero de ese descreimiento van a salir otras salidas. Cuando ciertas fórmulas no satisfacen a determinado número de personas, de a poco se van construyendo las nuevas que van a ocupar su lugar. Por supuesto que ahora no sabemos cómo van a ser esas fórmulas, pero lo interesante es justamente estar en ese período de incertidumbre y de búsqueda”.

EL AGUJERO INTERIOR
En agosto está planificada la salida del nuevo libro de Martín Caparrós, Interior, que contiene crónicas de viajes que hizo por la Argentina. El mismo día que se hizo esta entrevista, Caparrós le dio el último retoque antes de enviarlo a su editorial. “Me gustó mucho hacerlo. Escuché, estuve en lugares que me llamaron la atención. Era la primera vez que recorría el interior, hice como 30 mil kilómetros solo con el auto.”

- ¿Cuántas Argentinas descubriste?
- Infinitas. Es curioso, porque entre Misiones y Mendoza, entre Jujuy y Santa Fe hay diferencias inmensas, pero al mismo tiempo hablamos el mismo idioma, gritamos los mismos goles, sufrimos y hacemos como que elegimos los mismos jefes. Hay lugares del interior que son absolutamente insólitos, y que al mismo tiempo tienen esas cercanías. Somos víctimas de las mismas crisis y de las mismas traiciones.

- ¿Todo el viaje fue planificado con anterioridad?
- Tenía ideas, un diagrama general. Por ejemplo, sabía que al Litoral lo iba a subir por el Uruguay y bajar por el Paraná. Pero después los lugares que más me impresionaron del Litoral no sabía que existían. A la etapa siguiente fui a Mercedes, lugar de origen del Gauchito Gil, y conocí a un tipo que me invitó a un campo donde producían ganado y me interesó mucho saber cómo era el trabajo de producir carne. Y después seguí y todo el tiempo estaba descubriendo cosas. Por supuesto que algo tenía previsto y algunas veces lo encontraba y a veces no. Pero eso era lo fascinante: tener el bolso en el baúl, y tener un mes por delante para ver qué pasa, porque muchas veces no sabía adónde iba a dormir esa noche.

- Por último, ¿corriste peligro en algunos lugares o con entrevistados?
- No hubo mucho de que tener miedo, quiero decir: por más pesada que sea la situación, en general cuando uno charla con alguien es porque el otro quiere charlar, sino no sucede. Quizás el otro se pone a charlar con la persona equivocada, o en el medio se da cuenta de que metió la pata… yo siempre me pregunto porqué carajo alguien quiere dar una entrevista, en realidad es un delirio, es entregarse de pies y manos atadas a otros que van a hacer con tus palabras lo que se les cante, en este caso con las mías (risas).

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