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Modelismo espacial













Por Liliana Arguiz

Reflotado a partir de 2001, el modelismo espacial reúne a fanáticos, tanto experimentados como amateurs. Se trata de un pasatiempo extremo que día a día gana más adeptos, y que mensualmente se reúnen para participar de las competencias y disfrutar de los lanzamientos.

El lugar está totalmente descampado, no hay árboles ni otro tipo de reparos, sólo gazebos armados por los propios organizadores de la exhibición. Un autódromo de tierra para carreras zonales, ubicado en San Vicente, es la plataforma perfecta para ver en acción a los cohetes que hasta ahora sólo eran maquetas inanimadas.
El comentario generalizado esta centrado en la buena voluntad de San Pedro, que permitió un domingo soleado pese a que el servicio meteorológico había pronosticado un día nublado y con probabilidades de lluvia.
Cientos de chicos acompañados por sus padres exhiben orgullosos, a modo de estandarte, los cohetes que con mucho esfuerzo construyeron. Es como si en cada uno de ellos hubiera un Capitán Beto a punto de conquistar el espacio celeste con su aeronave.
“Si después de presenciar el lanzamiento de un cohete experimental no se te pone la piel de gallina y no querés repetir la experiencia, es porque no te corre sangre por las venas”, dice orgulloso Mario García, quien desde hace años es instructor de la Escuela Argentina de Modelismo Espacial Cóndor, y enseña este hobby en varios colegios de la zona sur de Buenos Aires como taller extra programático.

UN POCO DE HISTORIA
El modelismo espacial, denominación exacta del término cohetería, empezó a practicarse a principios de los setentas por iniciativa de un grupo de jóvenes en la localidad de Banfield. Así se creó el Grupo Astromodelista del Buen Pastor, que constituyó su sede en las instalaciones de la capilla que le dio el nombre. Con el apoyo de la Dirección de Fomento y Habilitación de la Fuerza Aérea Argentina se formó el Centro Escuela de Modelismo Espacial del Buen Pastor.
A fines de los ochentas, la cohetería amateur dejó de practicarse hasta casi desaparecer. Una de las causas fue la imposibilidad de importar los insumos después de la crisis. El mérito de su renacimiento lo tiene Cóndor Tec, que a partir del 2001 se dedicó a desarrollar los motores que son el corazón de la actividad. Con la creación de la escuela, la actividad se expandió rápidamente y empezó la formación de los instructores que actualmente dictan los cursos en distintos colegios, y organizan competencias deportivas una vez al mes. En estos encuentros participan dos categorías, una es la Junior, para menores de 18 años, y la otra es la Senior, para mayores de esa edad.
En estos concursos se entregan premios y se suman puntos como en la Fórmula 1 para definir los campeones metropolitanos a fin de año. A modo de ejemplo, Mario explica: “Para que tengas una idea, en el último evento de la categoría Senior se tenía que utilizar un cohete que trasportara un huevo de gallina a casi 450 metros de altura. El mismo debía ser recuperado intacto, y ganaba quien lograra mantener por más tiempo su cohete en vuelo”.
La Asociación de Cohetería Experimental y Modelista Argentina colabora permanentemente en todas las actividades relacionadas con el aeromodelismo espacial. Guillermo Descalzo, presidente de la institución, brinda información permanente acerca de las exhibiciones, exposiciones y lanzamientos de modelos a través de su página web. Además es el autor del libro Cohetes, que hasta el momento es la única bibliografía que existe sobre el tema en castellano.

MUCHO MÁS QUE UN HOBBY
Después de los primeros lanzamientos libres y de concurso, a la una de la tarde se produce un receso obligado para el almuerzo. Más distendido, y choripán de por medio, Mario García cuenta que aprendió los gajes de la cohetería en la escuela primaria. Y aunque creyó que le serviría sólo para ocupar su tiempo de ocio, jamás pensó que iba a transformarse en su actividad principal, sobre todo desde que pasó a ser un desocupado más. Actualmente se desempeña como instructor de la escuela y reconoce que el modelismo espacial se convirtió en su gran pasión: “Si bien por el momento no puedo vivir solamente de esto, no descarto que en el futuro pueda lograrlo”. Hoy siente que este hobby-pasión lo ayudó a salir a flote y lo acercó más a sus hijos, los mellizos Ignacio y Agustín de 10 años, que comparten la actividad con su papá y hasta tienen sus propias creaciones y proyectos: planean hacer la réplica de un malogrado cohete que hizo Homero Simpson pero con el desafío de hacerlo volar.
“La cohetería tiene un doble beneficio para los chicos, ya que por un lado les ofrece la posibilidad de poder construir algo con sus propias manos y, además, agrega funcionalidad porque los modelos no son maquetas, pueden verlos en acción, y cualquier falla de diseño o construcción la ven reflejada en el vuelo”, explica sin dejar de prestar atención a los lanzamientos que acaban de reiniciarse y se suceden como fuegos artificiales en año nuevo.
Mario también sostiene que la cohetería acerca mucho a los hijos con los padres porque es una actividad que les permite compartir y divertirse juntos. Como si fuera poco, ayuda a sacar a los chicos de la virtualidad de los chats, los videojuegos, los celulares, y los lleva a un plano más tangible y real donde pueden ver cómo sin tanta tecnología, ellos mismos producen el milagro de hacer volar lo que hicieron con sus propias manos.

FINAL DE UN DÍA AGITADO
Caída la tarde y finalizados los lanzamientos llega el broche de oro: el sorteo entre los presentes de un kit de cohete para armar, que pone fin al concurso. Entonces, padres e hijos se retiran del predio. Algunos con la alegría de haber realizado un vuelo exitoso, otros con los restos de su prototipo pensando en las posibles fallas. Lo cierto es que en estas competencias no hay vencedores ni vencidos. En medio de la multitud un participante comenta, suspiro mediante, que el modelismo espacial es, paradójicamente, un cable a tierra pese a que su objetivo sea hacer todo lo posible para despegar del suelo.

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