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Arte HIV



Por Graciana Castelli

Tiene 32 años y hace 12 que es portador del virus del sida. Desde lo artístico siempre trabajó temáticas relacionadas con la enfermedad, primero como una forma de sacarla de su cuerpo y curarse, pero finalmente terminó humanizando los datos frívolos que revelan las estadísticas.


Héctor Toscano es –entre muchas otras cosas- artista plástico, fotógrafo y portador. Al menos así él firma los textos que presentan sus obras. Lleva 12 años conviviendo con el virus del hiv, y no hace mucho tiempo Clarín le publicó una carta de lectores en la que decía: Siento que no hay una campaña cotidiana y constante que informe y haga un llamado de atención al contagio del sida, y también a la aceptación de las personas seropositivas sanas y enfermas... Solamente los días previos al 1 de diciembre (Día de la Lucha contra el Sida), el tema se instala en los medios, pero después de esa fecha ya se vuelve a olvidar a los seropositivos, y a los que corren el riesgo de serlo.
"Me enteré a los 20 años –hoy tiene 32-. Yo sabía las cosas que había hecho, era conciente, entonces fui a un urólogo en el Hospital de Clínicas y le pedí para hacerme un análisis. Cuando voy a buscarlo resulta que no me lo quieren dar y me dicen que me lo tiene que entregar mi médico. Pero ese urólogo no era mi médico, lo había visto una sola vez en la vida. Tuve que rastrear al tipo en un hospital público hasta que lo encontré y me dijo, 'después te veo', y me dejó ahí esperando. Lo que pasaba era que no se animaba a decírmelo. Y entonces trajo a otro médico, recorrimos pasillos y subimos escaleras buscando un lugar vacío para hablar, para decirlo. Finalmente entramos a un consultorio caído abajo, con humedad, para que me dijeran de pie: 'Mirá, salió positivo'."

ARTE SANADOR
Desde chico Héctor se interesó por el dibujo y la pintura. Más tarde, cuando empezó a trabajar se compró una cámara de fotos y tomó el primer curso en la Facultad de Arquitectura: "Al poco tiempo me enteré de lo mío y decidí que tenía que buscarle la vuelta al tema de la fotografía y el arte pero relacionarlo con el virus, sentía que era una forma de sacarlo y de curarme. Por aquella época había intentado el tema de la medicación, pero eran como 35 pastillas diarias y la atención era pésima. Yo había ido al Hospital de Clínicas y ahí me atendía una doctora que a veces sale en los medios -ahora no tanto- que se llama Graciela Reboredo, y que me atendió como si fuera un conejito de la India, muy mal."
Las obras de Héctor vivencian su enfermedad, la transitan, la desafían. Le gusta jugar con cajas de luz que potencian colores verdes, azules, turquesas, amarillos y rojos, que todo el tiempo aluden a la sangre. Autorretratos de su cuerpo desnudo, sentado, con la espalda encorvada y el rostro de perfil oculto bajo un barbijo, y en cuyo fondo se ve una mancha de humedad, quizá resabio freudiano de aquel cuarto testigo en donde se confirmó su sospecha. La imagen de un Jesús crucificado rodeado de su propia cara. O la foto de aquel análisis positivo que al pie deja ver una imagen de él, niño, y que Fernando Peña -a quien tuvo oportunidad de conocer-, la bautizó como a su propia obra de teatro: El niño muerto.
Vía crucis hiv, Cuerpos positivos, son algunos de los títulos de las muestras que ya realizó. Y en una de ellas, incluso, trabaja con una serie de fotos de dibujos hechos por chicos de entre cinco y siete años, también portadores, en las que abundan colores pesados como el marrón, el rojo, y el negro: una casa sin terminar, un árbol partido al medio, un auto estancado, globos de la vida y de la muerte. "Ellos eran concientes del virus. El padre, la madre o a ambos estaban muertos. Usaban el verde, '¿qué es la esperanza?', preguntaban. Se pasaban la pintura por la piel, era un tema de protección y de cuidado", explica.
Llama la atención que en cada uno de los textos de presentación de sus trabajos Héctor aclara, debajo de su firma, que es seropositivo: "Hubo gente que me criticó eso. Yo lo pongo para que el que lo vea sepa que yo hablo con autoridad del tema, y no porque se me ocurrió hacerlo porque era el 1 de diciembre. Me ha pasado que a veces se piensan que no soy portador y me preguntan porqué trabajo este tema, y yo prefiero que lo sepan”.

NÚMEROS POSITIVOS
Son muchas las muestras que logró realizar a lo largo de estos 12 años. Quizá tantas como las que tiene en su cabeza, aún por hacer. En ellas no hoy cintitas rojas, ni alusiones sobre la importancia del uso del preservativo, ni recomendaciones médico-preventivas. Su intención es otra, y tiene que ver con la humanización de aquel conejito de la India que hace tiempo, quizás, una médica confundió con un hombre en un consultorio: "Lo que yo quiero mostrar en mis trabajos es la sensibilidad de la persona que es portadora. Si bien nunca nadie va a sentir lo que uno siente, por lo menos acercarlos un poco, que sepan que uno a veces se siente solo, que no va a poder lograr hacer las cosas, que siente que no va a conocer el amor, son millones de cosas... pero igual siempre trato de que el mensaje final sea positivo".
Cientos. Miles. Millones. Las cifras preocupan, asustan, impresionan, es cierto. La ciencia avanza, pero no llega, y la epidemia hoy gana la carrera. Las estadísticas, silenciosamente, crecen sin dar tregua. Pero esos números anónimos y positivos son mujeres y hombres; niños, adolescentes, jóvenes, adultos, viejos. Vidas como la de Héctor, que es artista plástico, fotógrafo, y también seropositivo.
Sus obras son, casi en su totalidad, monotemáticas por elección. Pero eso no le importa. Y lejos de estancarse en la tragedia y el dolor, cada imagen supera la instancia de lo irremediable para decirle al público: acercate, mirame, conoceme, sentime, humanizame, aceptame... Héctor cuenta que la gente, al terminar de ver sus muestras, se le acerca para agradecerle.

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En www.hectortoscano-hiv.blogspot.com Héctor comenzó a escribir su ‘Diario de hiv vida’.

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