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Samanta Schweblin


Por Lucía Turco

Editó su primer libro a los 24 años y siempre la acompaña la crítica. Asegura que la base de sus historias son imágenes que la obsesionan. El núcleo del disturbio reúne cuentos oscuros que oscilan entre lo fantástico y lo onírico, aunque quien la ve no lo creería.

Mujeres abandonadas al costado del camino, hombres atrapados en un pueblo donde el tren no se detiene, la muerte como obra de arte en la valija de un asesino, perros callejeros como metáforas de la errancia humana.
Mundos fantásticos, oníricos, oscuros, donde por momentos uno querría habitar, porque en ellos, en el medio del disturbio, parece posible encontrar una salida a la mediocridad: un lugar imaginario en el que vivir, un espacio entre lo metafísico y lo filosófico. Así son los cuentos de Samanta Schweblin.
Ella es argentina, tiene 28 años y un libro editado: El núcleo del disturbio (2002), que ganó la Antología de Cuentos del Fondo Nacional de las Artes en 2001, el mismo año que obtuvo el Primer Premio del Concurso de Cuentos Haroldo Conti.

IMÁGENES EN LA CABEZA
Contar historias es algo que la acompaña desde pequeña, incluso antes de aprender a escribir. El medio para hacerlo “podría haber sido el cine o el teatro”, piensa, pero claro que “por razones muy fuertes fue la literatura”. Al principio, cuando tenía 4 o 5 años, su madre anotaba lo que ella le dictaba en un cuadernito. De esa época recuerda el que considera su mejor cuento: la historia de un zapallo que vive en un cajón, en la punta de una montaña, donde está la verdulería del pueblo. “El cuento es esa sensación del zapallo de que en cualquier momento se podía caer y empezar a rodar sin poder hacer nada, porque no tenía manos, ni pies, ni podía gritar, no podía hacer absolutamente nada más que caer y caer”, rememora.
Desde imágenes observadas en cualquier lugar hasta restos de sueños, recuerdos más o menos primitivos o equivocaciones propias, son los disparadores de sus historias. Hace poco, de paso por la estación de trenes de Pinamar, descubrió que el lugar era igual al de su cuento Hacia la alegre civilización de la Capital -la historia de un grupo de hombres que no pueden volver a la ciudad porque el tren que los lleva nunca se detiene en el pueblo donde se encuentran-. “Cuando vi la estación dije: no es parecida, es esa, y mi mamá me contó que cuando era muy chica habíamos estado varados ahí como dos o tres horas, y esa es la base de mi cuento, una imagen de la infancia que sin saber describí con absoluta exactitud, porque no es que era parecida, era esa la estación de mi historia.”
Sus cuentos siempre parten de una imagen muy precisa, pero sólo se sienta a escribir cuando descubre qué es lo que verdaderamente le llama la atención. “Cuando me siento es porque ya está todo en mi cabeza.”
Como bien explica, sus cuentos son “situaciones muy puntuales, con un final irreversible”, por lo cual no imagina que alguno de ellos pudiera transformarse en una novela, aunque le seduce la idea de escribir una, ya que desde España, luego de leer sus cuentos, le preguntaron si tenía una novela. “Creo que el tipo de historias que escribo pide a gritos que sean cuentos.”
Al terminar el secundario, empezó a hacer taller literario con Diego Paszkowski, en el Centro Cultural San Martín. “Había una mezcolanza muy rica de gente, éramos todos adolescentes, y más allá de la calidad del taller, era un intercambio de ideas fuertísimo”, recuerda de esos 4 años en los que asistió. Paralelamente hacía la carrera de imagen y sonido en la UBA (de la que ya egresó). En esos tiempos escribió la mayoría de los cuentos que están en su libro. “Después estuve varios años en paz, sin nadie que me diga qué está bien y qué está mal, tratando de razonar lo que había aprendido.” Luego hizo taller con Liliana Heker, “un antes y un después en la literatura”, resume ella. “Pensar absolutamente todo, cada coma, es agotador, pero hay un nivel de análisis muy minucioso que me ayudó muchísimo.”

FANTÁSTICA ABSURDA
Si tiene que hablar de influencias literarias, puede mencionar muchos autores como referentes de su propia literatura: Juan Rulfo, Antonio Di Benedetto, Adolfo Bioy Casares, Franz Kafka, William Faulkner, entre muchos otros.
Pero, por sobre obras y autores puntuales, le interesa una literatura en especial que identifica como fantástica-absurda: “Son situaciones que lindan con lo filosófico, y las encuentro en determinadas obras, como la de (Dino) Buzzati, y no en autores en general”, explica. También lee mucha literatura norteamericana -Carver, Salinger- pero con ésta tiene una relación “más de placer que de influencia” a pesar de que reconoce que a estos dos autores los relee constantemente. Y confiesa: “Cuando estoy trabada con el tono, abro dos páginas de Bioy (Casares) para saber cómo continuar”.

PERSPECTIVAS
Algunos de los cuentos de Schweblin además forman parte de distintas antologías: Cuentos argentinos (2004), La joven guardia (2005) y Una terraza propia (2006).
Del primero -una compilación española que, entre otros, reúne cuentos de Roberto Fontanarrosa, Paola Kaufman, Rodrigo Fresán y Liliana Heker- tiene una anécdota para contar que “simplifica en pocas palabras el estado del escritor latinoamericano”. Por esa antología, le pagaron 50 dólares, de los cuales 25 se los quedó su editorial, Planeta, mientras que con los otros 25, que tardaron meses en llegar, había pensado en comprarse el libro, ya que no le cedían ningún ejemplar. Pero esto no es nada. Cuando cambió ese dinero y fue a comprar la antología, no le alcanzó. “Tuve que esperar a que me lo manden de España mis amigos”, recuerda.
En cuanto a la intención de difundir una “literatura femenina” -que subyace a la antología Una terraza propia, donde se compilan cuentos de narradoras argentinas- Schweblin aclara: “Yo hago literatura, no hago literatura femenina”. Y en sus cuentos, donde la mayoría de los narradores son hombres, queda claro que la autora trasciende ampliamente cualquier mirada femenina que pueda condicionar su visión sobre el mundo. “Puede decirse que hay una hegemonía masculina porque el hombre lleva más tiempo haciendo literatura, pero en este momento en la Argentina creo que puedo citar más escritoras que escritores. La mujer está escribiendo mucho y lo está haciendo bien.”
Schweblin está planeando otra antología de cuentos. Tiene entre 10 y 12 historias terminadas, pero piensa hacer un libro con seis de ellos, que “tienen una temática muy particular y muy fuerte”, en los que justamente empieza a tocar algunos tópicos más específicamente femeninos, “desde una perspectiva bastante horripilante, escabrosa”, comenta.
Aunque sus cuentos no lo demuestren, Schweblin dice que aún no encontró su lugar ideal para escribir, aunque puede imaginarlo: sería un sitio parecido al subsuelo de la biblioteca donde Ray Bradbury escribió Fahrenheit 451. Allí, él alquilaba una máquina de escribir por dos centavos la hora y estaba dos horas por día escribiendo cuando no había mucha gente. “Como trabajo desde mi casa, cortar radicalmente con el laburo y ponerme a escribir es un problema, entonces todo el tiempo estoy tratando de salir a escribir. Busco un ciber, una biblioteca o un café, pero todos tienen sus pro y sus contra, y siempre estoy pensando en ese lugar de Bradbury como el lugar físico ideal, porque no hay absolutamente nada, sólo la máquina y la página en blanco.”


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Diez cuentos que me impactaron (no me animo a ponerlos en orden), por Schweblin

- Algo había sucedido y El perro que vio a Dios, de Dino Buzzati.
- Teniente Bravo, de Juan Marsé
- El lado de la sombra, Adolfo Bioy Casares
- Un día perfecto para el pez banana, de J. D. Salinger
- El gigante ahogado, de J. G. Ballard
- Llámame si me necesitas, de Raymond Carver
- En el mismo lugar, a la misma hora, de Mervyn Peake
- Los asesinos, de Ernest Hemingway
- Un marido rural, de John Cheever



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Vicente Battista, escritor argentino

"Fui uno de los primeros lectores de Samanta. En el 2001 era jurado en el Concurso de Cuentos del Fondo Nacional de las Artes. No bien leí los originales de El núcleo del disturbio supe que estaba ante una narradora excepcional: me deslumbraron sus historias, desde la manera en que las contaba hasta el modo de ubicar naturalmente lo antinatural. Hubo total coincidencia con el resto del jurado y Samanta obtuvo, por unanimidad, el primer premio. Samanta tiene mucho de (Dino) Buzzati. Se lo comenté cuando la conocí. Ella no lo había leído, entonces le pasé unos libros de él, los leyó y quedó fascinada."